한인 신학자인 장재형목사(영어명: 장다윗, 데이비드 장)가 설립한 올리벳대학교의 대표자들과 신학대학원 학생들이 최근 캘리포니아 안자(Anza) 지역 방송국 KOYT 97.1 FM이 주최한 연례 모금 행사에 참여했습니다.
행사 주제와 주요 활동
이번 행사는 ‘버블 & BBQ’를 주제로 열렸으며, 지역 주민들이 다수 참여해 활기를 더했습니다. KOYT 라디오 방송국의 프로그램 디렉터 에린 로스코(Erinne Roscoe)가 행사의 진행을 맡았으며, 라이브 음악 공연, 침묵 경매, 경품 추첨, 그리고 Island Fusion BBQ에서 제공하는 음식이 참석자들에게 큰 호응을 얻었습니다.
지역사회와의 교류
올리벳대학교 측은 “이번 행사를 통해 지역의 주요 인사들, 커뮤니티 리더들, 안자 지역의 오랜 거주민과 새로 이사 온 주민들, 그리고 농업 분야 협력 가능성을 지닌 파트너들과 교류할 수 있어 뜻깊었다”고 밝혔습니다.
행사에 참석한 이들은 과거 올리벳대학교에서 열린 투어와 오픈 하우스 등 다양한 행사를 떠올리며 긍정적인 평가를 나눴습니다. 또한 올리벳대학교는 이번 기회를 통해 새로운 교직원들을 지역사회에 소개하며, 안자 지역의 새로운 이웃으로서 주민들에게 따뜻한 인사를 전했습니다.
지속적인 협력과 우정
올리벳대학교는 “지역사회를 위한 봉사와 행사 참여를 통해 형성된 소중한 관계들에 감사드린다”며, “앞으로도 안자 지역사회와 더욱 깊고 풍성한 협력과 교류를 이어가길 기대한다”고 덧붙였습니다.
올리벳대학교의 역사와 비전
한편 올리벳대학교는 장재형 목사가 설립한 올리벳신학교(Olivet Theological College and Seminary)에서 시작하여 2004년 3월 3일 미국 정부에 정식 등록되었습니다. 이후 다양한 분야에서 두각을 나타내며 미국 교육 평가 순위에서도 상위권에 자리잡았으며, 현재 조나단 박 박사가 제6대 총장으로 학교를 이끌고 있습니다.
Entre las obras del maestro neerlandés Rembrandt —llamado el mago de la luz y la sombra— hay una pequeña joya pintada en 1627: El apóstol Pablo en prisión (The Apostle Paul in Prison). El Pablo del cuadro no aparece como el héroe imponente que solemos imaginar. En un rincón frío de la cárcel, un anciano apóstol, con arrugas hondas y un cansancio evidente, está sentado al borde de la cama. Sin embargo, sobre la punta de la pluma que sostiene y el pergamino apoyado en sus rodillas, se derrama una luz intensa que corta la oscuridad. Ni siquiera las pesadas cadenas que oprimen sus tobillos pudieron interponerse ante las frases de verdad que iba trazando. Esta escena paradójica —en la que el encierro físico se convierte, precisamente, en el lugar de mayor altura espiritual— toca de manera extraña el gran silencio que habita el capítulo final de Hechos.
La escena de Hechos 28, adonde por fin se llega tras la tempestad y el naufragio, no comienza con un parte de victoria deslumbrante, sino con una quietud grave y densa. El sermón del pastor David Jang, que extrae el fondo de ese pasaje sereno, ilumina con aguda perspicacia teológica cómo, en el lugar que deja el vendaval, la providencia de Dios hace brotar semillas, y cómo la vida cotidiana que se nos ha dado puede convertirse en un inmenso escenario misionero.
La hoguera de Melita: la temperatura de una gracia que se infiltra en lo cotidiano
Tal como había sido prometido —“es necesario que encallemos en una isla”—, las 276 vidas desembarcaron a salvo en la isla de Melita. A quienes acababan de cruzar el umbral de la muerte los recibió una sola hoguera cálida encendida por los habitantes, gentiles. La Escritura no envuelve este momento dramático de supervivencia con un lenguaje estruendoso de milagros. El pastor David Jang nombra esa acción de hospitalidad contenida como “el rostro más cotidiano de la gracia”. Una chispa ofrecida al desconocido, una mano sencilla que derrite un cuerpo aterido, se convirtió en una puerta firme por donde el evangelio entra. No hace falta un gran eslogan ni un evento monumental. A través de una profunda meditación bíblica, se nos hace ver que la buena influencia que la iglesia debe recuperar hoy dentro de la comunidad local también reside en pequeñas amabilidades y atenciones discretas que compartimos en el día a día.
La víbora y la sanidad: el silencio de la cruz que apacigua el alboroto
El incidente de la víbora junto al fuego muestra con crudeza lo fácil que la fe superficial se deja sacudir. Al ver a Pablo mordido, la gente lo condena de inmediato como un asesino alcanzado por el castigo divino; pero, cuando no muere, enseguida lo elevan a la categoría de dios. Es una actitud epidérmica que sube y baja según el estímulo del momento, y que rebaja la gloria de Dios a un objeto ligero de admiración. Sin embargo, el pastor David Jang se fija en el centro de Pablo, inquebrantable aun en medio de ese brusco vaivén de opinión pública. Pablo se guarda cuidadosamente de toda divinización; y, cuando sana al padre de Publio, simplemente entra en la habitación, impone las manos y ora en silencio. Los milagros de Dios no son el blanco de una búsqueda ciega; son un conducto por el que se revela su carácter. El verdadero poder que ha pasado por la cruz no arma escándalo ni intenta probarse a sí mismo: más bien se vacía para que solo permanezca íntegra la gloria de Dios.
La bienvenida en el Foro de Apio: una solidaridad que hace latir de nuevo el corazón quebrado
En el tramo final del arduo camino hacia Roma, la figura de cristianos romanos anónimos que corren desde lejos hasta el Foro de Apio y Tres Tabernas para recibir al apóstol conmueve profundamente a quienes vivimos tiempos ásperos. El anciano apóstol, agotado por incontables sufrimientos y rechazos, al encontrarse con la hospitalidad de los hermanos que se acercan hacia él, finalmente da gracias a Dios y recobra una valentía honda. El pastor David Jang subraya que la verdadera firmeza no nace del mero propósito solitario de un individuo. Incluso un líder situado en la primera línea de una guerra espiritual intensa necesita el consuelo de alguien. Más hermosa que la gran visión de una sola persona es la cálida solidaridad de una comunidad que ofrece el hombro cansado y camina junta. Por eso, el saludo afectuoso a la entrada del templo y la comunión alrededor de la mesa no pueden despreciarse como simple “convivencia ligera”: ahí se sostiene un ecosistema espiritual real.
La casa alquilada en Roma: una imaginación creativa que salta por encima de las cadenas
Al llegar por fin al corazón del imperio, Roma, lo que se le concede a Pablo no es libertad plena, sino una pequeña “casa alquilada” bajo vigilancia militar. Era un espacio cerrado, con el radio de acción estrictamente limitado. Pero el pastor David Jang interpreta esa humilde casa alquilada como un lugar glorioso donde se manifiesta una “imaginación social del evangelio” capaz de superar las cadenas. La mirada del vigilante no pudo bloquear el camino por el que avanzaba la verdad; la cadena que ataba el cuerpo del apóstol no pudo atar las manos de amor que abrazaban a los heridos. Al contrario: aquella restricción árida se volvió el ladrillo de un ministerio creativo, derribó la enorme barrera social entre amo y esclavo, y moldeó almas como la de Onésimo para convertirlas en hermanos. Nuestra realidad también se halla cercada por presupuestos apretados y condiciones desfavorables; pero la Palabra, llena de vida, siempre se cuela por la rendija de una puerta cerrada y abre caminos nuevos.
El último capítulo de Hechos no es un final clausurado, sino que se cierra como un eterno presente en marcha con la declaración: “sin que nadie se lo impidiera, con toda libertad (ἀκωλύτως)”. El pastor David Jang sostiene que este final abierto, que ensancha el pecho, es precisamente la página en blanco confiada a quienes vivimos hoy. Aunque el viento de la época se haya vuelto frío y la mirada del mundo hacia la iglesia se haya endurecido, el pulso silencioso de Dios, quien gobierna la historia, no se ha detenido ni una sola vez.
Ahora toca salir del lienzo de Rembrandt y escribir con nuestra vida el capítulo 29 de Hechos. Cuando la pequeña y humilde casa alquilada donde habitamos se vuelve un espacio de hospitalidad tierna que acoge a alguien, y cuando, sobre las heridas del prójimo derrumbado, juntamos en silencio las dos manos en oración, aquel río de gracia que Pablo dejó correr incontenible hace dos mil años volverá a ondular con fuerza, hoy, en 2026, en pleno centro de nuestra vida cotidiana.
「光と闇の魔術師」と呼ばれるオランダの巨匠レンブラントの作品の中に、1627年に描かれた小さな傑作《獄中の使徒パウロ(The Apostle Paul in Prison)》があります。絵の中のパウロは、私たちがしばしば思い描くような威風堂々たる英雄の姿ではありません。冷たい牢獄の片隅で、深く刻まれた皺と疲労の色が濃い老使徒が、寝台の端に腰かけています。けれども、彼の手に握られたペン先と膝の上の羊皮紙には、闇を切り裂くような強烈な光が注ぎ込んでいます。足首を締めつける重い鎖でさえ、彼が書き記していく真理の言葉を阻むことはできませんでした。物理的には閉じ込められながら、むしろ霊的には最も高く翔(か)け上がっていた――この逆説的な光景は、『使徒の働き』最終章が抱える偉大な沈黙と、どこか不思議に響き合っています。
Parmi les œuvres du maître néerlandais Rembrandt, que l’on surnomme le magicien de la lumière et de l’ombre, figure un petit chefd’œuvre peint en 1627 : L’Apôtre Paul en prison (The Apostle Paul in Prison). Dans ce tableau, Paul n’a rien de l’allure héroïque et triomphante que l’on imagine parfois. Dans un recoin glacé de la prison, un vieil apôtre aux rides profondes et au visage marqué par la fatigue est assis sur un lit. Pourtant, sur la pointe de la plume qu’il tient, sur le parchemin posé sur ses genoux, se déverse une lumière intense qui fend l’obscurité. Même la lourde chaîne serrée à sa cheville ne pouvait arrêter les phrases de vérité qu’il traçait. Cette scène paradoxale — un enfermement physique coïncidant avec un envol spirituel au plus haut — touche d’une manière étrange au grand silence que porte le dernier chapitre des Actes.
Après la tempête et le naufrage, le paysage d’Actes 28 s’ouvre non sur un éclatant chant de victoire, mais sur une gravité paisible. En sondant la profondeur de ce passage sobre, la prédication du pasteur David Jang met en lumière, avec une acuité théologique, comment la providence de Dieu fait germer ses semences sur le terrain même laissé par l’ouragan, et comment le quotidien qui nous est donné devient la scène d’une mission immense.
Le feu de camp de Malte : la température de la grâce qui se mêle au quotidien
Selon la promesse — « il faut que vous abordiez sur une île » — les 276 vies arrivent saines et sauves sur l’île de Malte. Ceux qui viennent de franchir le seuil de la mort sont accueillis par un unique feu de camp, allumé par des nonJuifs. L’Écriture n’enveloppe pas cet instant de survie dramatique dans un langage de miracles tapageur. Le pasteur David Jang nomme ce geste d’hospitalité, relaté avec simplicité, « le visage le plus ordinaire de la grâce ». Une étincelle offerte à l’étranger, une main modeste qui réchauffe un corps transi : voilà qui devient la porte solide par laquelle l’Évangile entre. Il n’est pas nécessaire d’avoir des slogans grandiloquents ni des événements spectaculaires. À travers une méditation biblique en profondeur, nous comprenons que l’influence bienfaisante que l’Église doit retrouver au sein de la société locale se situe aussi dans les petites bontés et les attentions concrètes partagées, silencieusement, dans nos journées ordinaires.
La vipère et la guérison : le calme de la croix qui désamorce le tumulte
L’incident de la vipère près du feu révèle crûment à quel point une foi superficielle peut osciller. Voyant Paul mordu, les gens le condamnent d’emblée comme un meurtrier frappé par le châtiment divin ; puis, constatant qu’il ne meurt pas, ils se mettent aussitôt à le vénérer comme un dieu. C’est une attitude de surface : au gré d’un phénomène sensationnel, on transforme la gloire de Dieu en objet de culte léger et changeant. Mais, au milieu de ce mouvement d’opinion violent, le pasteur David Jang attire l’attention sur le centre inébranlable de Paul. Paul se garde résolument d’être divinisé ; et lorsqu’il guérit le père de Publius, il se contente d’entrer tranquillement dans la pièce, d’imposer les mains et de prier. Les miracles de Dieu ne sont pas des buts à poursuivre aveuglément : ils sont des voies par lesquelles son caractère se manifeste. La vraie puissance, passée par la croix, ne fait pas de bruit pour se prouver ; elle se vide d’ellemême afin de ne laisser subsister que la gloire de Dieu.
L’accueil au Forum d’Appius : une solidarité qui fait repartir un cœur brisé
À la fin d’un voyage éprouvant vers Rome, la présence de croyants romains anonymes, accourus de loin jusqu’au Forum d’Appius et aux TroisTavernes pour accueillir l’apôtre, bouleverse profondément ceux qui vivent une époque dure. Épuisé par d’innombrables épreuves et rejets, l’apôtre vieillissant rend grâce à Dieu et retrouve un courage profond au moment où il voit venir à lui ces frères. Le pasteur David Jang souligne ici que la véritable fermeté ne naît pas d’une résolution solitaire. Même un responsable placé au premier rang d’une bataille spirituelle intense a besoin de la consolation de quelqu’un. Plus beau qu’une vision grandiose portée par un seul, il y a la chaleur d’une communauté qui offre une épaule fatiguée, marche ensemble et partage le poids. Voilà pourquoi les salutations bienveillantes à l’entrée de nos lieux de culte et la communion autour de la table ne peuvent jamais être réduites à une simple convivialité légère : elles appartiennent à cet écosystème spirituel.
La maison louée à Rome : une imagination créatrice qui dépasse les chaînes
Arrivé enfin à Rome, au cœur de l’Empire, Paul ne reçoit pas une liberté totale, mais une petite « maison louée » sous la surveillance d’un soldat. L’espace est fermé, le champ d’action strictement limité. Pourtant, le pasteur David Jang interprète cette demeure modeste comme un lieu glorieux où se déploie « l’imagination sociale de l’Évangile », plus forte que les chaînes. Le regard du gardien n’a pas pu barrer la route à la vérité ; la chaîne qui liait le corps de l’apôtre n’a pas pu lier la main d’amour qui enveloppe les blessés. Mieux encore : la contrainte aride devient une brique pour un ministère créatif, renversant des barrières sociales immenses — maître et esclave — et façonnant des âmes comme Onésime en frères. Notre réalité, elle aussi, se retrouve souvent cernée de difficultés financières et de conditions défavorables ; mais la Parole vivante se glisse toujours par la fente d’une porte fermée et ouvre un chemin nouveau.
Le dernier chapitre des Actes n’est pas une conclusion verrouillée : il s’achève comme un présent continu, par la déclaration « sans obstacle, avec une pleine assurance » (ἀκωλύτως). Le pasteur David Jang affirme que cette fin ouverte est la page blanche confiée à ceux qui vivent aujourd’hui. Même si le vent de l’époque se refroidit et que le regard du monde sur l’Église se durcit, le pouls silencieux de Dieu, qui gouverne l’histoire, ne s’est jamais arrêté une seule fois.
Il nous faut maintenant sortir du cadre de Rembrandt et écrire, avec nos vies, le chapitre 29 des Actes. Lorsque la petite maison louée, humble et pauvre, où nous demeurons devient un espace d’hospitalité tendre qui accueille quelqu’un, et lorsque, sur les blessures d’un voisin effondré, nous joignons silencieusement nos deux mains en prière, alors le fleuve de grâce que Paul a laissé couler sans entrave il y a deux mille ans se remettra à onduler avec force, en plein cœur de notre quotidien, aujourd’hui, en 2026.
Among the works of the Dutch master Rembrandt—often called a magician of light and darkness—there is a small masterpiece painted in 1627 titled The Apostle Paul in Prison. The Paul we see in the painting is not the imposing, triumphant hero we commonly imagine. In a cold corner of a prison, an aged apostle sits on a bed, deep wrinkles etched into his face, exhaustion plainly visible. And yet, upon the tip of the pen in his hand and the parchment resting on his knees, a piercing beam of light pours down, splitting the darkness. Not even the heavy chains clamped around his ankles could barricade the sentences of truth he continued to write. This paradoxical scene—physically confined, yet soaring to the highest spiritual altitude—mysteriously touches the great silence carried in the final chapter of Acts.
The landscape of Acts 28, reached at last through gale-force winds and shipwreck, begins not with a flashy victory anthem but with a weighty stillness. In his sermon drawing up the depths of this quiet passage, Pastor David Jang illuminates with sharp theological insight how God’s providence sprouts precisely where the tempest has passed, and how the ordinary days given to us can become the stage of a vast mission.
The Fire on Melite: The Temperature of Grace Seeping into the Ordinary
Just as the promise had said—“you must run aground on some island”—all 276 souls made it safely ashore on the island of Melite. What welcomed those who had crossed the threshold of death was a single warm fire kindled by “the natives.” Scripture does not wrap this dramatic survival in loud, sensational language of miracles. Pastor David Jang names the act of hospitality contained in this plain record “the most ordinary face of grace.” A spark offered to strangers, a humble touch that warms frozen bodies—this became the sturdy doorway through which the gospel entered.
There is no need for grand slogans or monumental events. Through deep meditation on the text, we come to see that the good influence the church must recover in the local community today is found precisely here: in small kindnesses and quiet acts of welcome shared faithfully in the routines of everyday life.
The Viper and the Healing: The Stillness of the Cross That Calms the Noise
The viper incident by the fire exposes, without disguise, how easily shallow faith can sway. The people see Paul bitten and immediately condemn him as a murderer receiving divine punishment—then, when he does not die, they quickly elevate him as a god. This is a superficial posture that rises and falls with a stimulating phenomenon before one’s eyes, reducing God’s glory to a lightweight object of fascination.
Yet Pastor David Jang draws attention to Paul’s center, unshaken even amid this sudden surge of public opinion. Paul firmly resists being deified, and even when he heals Publius’s father, he does not put on a spectacle—he simply enters the room quietly, lays hands on him, and prays. God’s miracles are not objects for blind pursuit; they are channels that reveal His character. True power that has passed through the cross does not make a commotion, straining to prove itself. Instead, it empties itself, leaving only the glory of God whole and undiluted.
The Welcome at the Forum of Appius: Solidarity That Makes a Collapsed Heart Beat Again
Near the end of the hard road toward Rome, the sight of unnamed Roman believers who ran a great distance to welcome the apostle—as far as the Forum of Appius and the Three Taverns—brings a thick, lingering emotion to those of us living in a harsh age. Worn down by countless trials and rejections, the elderly apostle finally gives thanks to God and receives deep courage as he is met by the hospitality of brothers walking toward him.
Pastor David Jang emphasizes that genuine, steadfast courage does not emerge from solitary resolve. Even leaders standing on the front lines of fierce spiritual battle need someone’s comfort. More beautiful than one person’s great vision is the warm solidarity of a community that offers a tired shoulder and walks together. This is why the gentle greetings exchanged at the entrance of our sanctuary and the table fellowship we share today can never be dismissed as “mere socializing.” They belong to an ecosystem of the Spirit that keeps faith alive.
Rome’s Rented House: Creative Imagination That Leaps Over Chains
When Paul finally arrives in Rome, the empire’s very heart, what he is given is not complete freedom, but a small “rented house” under the watch of a soldier. It is a confined space with strictly limited movement. Yet Pastor David Jang interprets this humble rented room as a glorious place where the “social imagination of the gospel” bursts forth—an imagination that leaps over chains.
The gaze of surveillance could not block the path along which truth spread, and the chains binding the apostle’s body could not bind the hands of love that embraced the wounded. Rather, those barren constraints became bricks for creative ministry—tearing down massive social barriers between master and slave and shaping souls like Onesimus into brothers. Our realities, too, may feel tightly surrounded by financial pressure and unfavorable conditions, layer upon layer. But the life-filled Word always slips through the cracks of closed doors and pioneers a new way.
The last chapter of Acts is not a sealed ending. It concludes as an eternal present tense—“without hindrance” (akōlytōs, ἀκωλύτως). Pastor David Jang insists that this thrilling open ending is, in fact, the blank page entrusted to us who live today. Even if the winds of the times have turned cold and the world’s gaze toward the church has grown sharp, the quiet pulse of God who governs history has never stopped—not even once.
Now we must step outside Rembrandt’s canvas and begin writing Acts 29 with our lives. When our small and humble rented rooms become spaces of gentle hospitality that make room for someone else, and when we quietly fold our hands in prayer over the wounds of a neighbor whose life has collapsed, the river of grace that Paul once let flow “unhindered” two thousand years ago will, today—in 2026—again surge powerfully through the very center of our ordinary days.
被称为光与暗的魔术师的荷兰巨匠伦勃朗,在他的作品中有一幅1627年绘制的小幅名作《狱中的使徒保罗(The Apostle Paul in Prison)》。画中的保罗,并非我们常常想象的那种威风凛凛的英雄姿态。在冰冷的牢房一角,一位年迈的使徒深陷皱纹、疲惫尽显,正倚坐在床边。然而,从他手中的笔尖与膝上摊开的羊皮纸上方,却倾泻下一束撕开黑暗的强烈光芒。即便是勒紧脚踝的沉重铁链,也无法阻挡他写下真理的句句行行。在肉身被囚的处境中,灵里反倒飞得最高——这幅充满悖论的景象,与《使徒行传》最后一章所怀抱的伟大沉默,奇妙地相互触碰。
빛과 어둠의 마술사라 불리는 네덜란드의 거장 렘브란트의 작품 중에는 1627년에 그려진 <감옥에 갇힌 사도 바울(The Apostle Paul in Prison)>이라는 작은 명화가 있습니다. 그림 속 바울의 모습은 우리가 흔히 상상하는 위풍당당한 영웅의 자태가 아닙니다. 차가운 감옥 한구석, 깊게 파인 주름과 피곤한 기색이 역력한 노사도가 침대에 걸터앉아 있습니다. 하지만 그의 손에 들린 펜 끝과 무릎 위에 놓인 양피지 위로는 어둠을 가르는 강렬한 빛이 쏟아져 내립니다. 발목을 옥죄는 무거운 쇠사슬조차 그가 써 내려가는 진리의 문장들을 막아설 수는 없었습니다. 물리적인 갇힘 속에서 오히려 영적으로 가장 드높이 비상했던 이 역설의 풍경은, 사도행전의 마지막 장이 품고 있는 위대한 침묵과 묘하게 맞닿아 있습니다.
풍랑과 파선을 뚫고 마침내 도착한 사도행전 28장의 풍경은 화려한 승전보가 아닌 묵직한 고요함으로 시작됩니다. 이 잔잔한 본문의 심연을 길어 올린 장재형 목사의 설교는, 광풍이 지나간 자리에 어떻게 하나님의 섭리가 싹을 틔우는지, 그리고 우리에게 주어진 일상이 어떻게 거대한 선교의 무대가 되는지를 예리한 신학적 통찰로 조명합니다.
멜리데의 모닥불, 일상으로 스며든 은혜의 온도
“반드시 한 섬에 걸리리라” 하신 약속대로 276명의 생명이 무사히 멜리데 섬에 상륙했습니다. 죽음의 문턱을 넘어온 이들을 맞이한 것은 이방인들이 피워낸 따뜻한 모닥불 하나였습니다. 성경은 이 극적인 생존의 순간을 요란한 기적의 언어로 포장하지 않습니다. 장재형 목사는 이 담백한 기록 속에 담긴 환대의 행위를 가리켜 “은혜의 가장 일상적인 얼굴”이라고 명명합니다. 낯선 이를 향해 내어준 불씨 하나, 얼어붙은 몸을 녹여주는 소박한 손길이 곧 복음이 들어가는 굳건한 문이 되었습니다. 거창한 구호나 웅장한 이벤트가 없어도 괜찮습니다. 오늘날 교회가 지역 사회 안에서 회복해야 할 선한 영향력 역시, 우리의 일상 속에서 묵묵히 나누는 작은 친절과 손 대접에 있음을 깊은 성경 묵상을 통해 깨닫게 됩니다.
독사와 치유, 소란을 잠재우는 십자가의 고요함
불가에서 벌어진 독사 사건은 인간의 얄팍한 신앙심이 얼마나 쉽게 요동치는지를 적나라하게 보여줍니다. 사람들은 뱀에 물린 바울을 보고 단숨에 천벌을 받은 살인자로 정죄했다가, 그가 죽지 않자 이내 신으로 떠받듭니다. 눈앞에 벌어진 자극적인 현상 하나에 일희일비하며 하나님의 영광을 가벼운 숭배거리로 전락시키는 피상적인 태도입니다. 하지만 장재형 목사는 이 급격한 여론의 쏠림 속에서도 흔들리지 않는 바울의 중심에 주목합니다. 바울은 자신을 향한 신격화를 철저히 경계하며, 보블리오의 아버지를 고칠 때에도 그저 조용히 방에 들어가 손을 얹고 기도할 뿐이었습니다. 하나님의 기적은 그 자체가 맹목적인 추구의 대상이 아니라, 그분의 성품을 드러내는 통로입니다. 십자가를 통과한 참된 권능은 소란을 피우며 자신을 증명하려 애쓰지 않고, 오히려 자신을 비워 하나님의 영광만을 오롯이 남깁니다.
압비오 광장의 마중, 무너진 심장을 다시 뛰게 하는 연대
로마로 향하는 험난한 여정의 막바지, 압비오 광장과 트레이스 타베르네까지 사도를 맞으러 먼 길을 달려온 무명의 로마 성도들의 모습은 각박한 시대를 살아가는 우리에게 짙은 감동을 줍니다. 수많은 고난과 배척에 지쳐있던 노년의 사도는, 자신을 향해 걸어오는 형제들의 환대 속에서 비로소 하나님께 감사하고 깊은 담대함을 얻습니다. 장재형 목사는 이 장면을 가리켜 진짜 굳센 용기는 개인의 홀로 선 결심에서 나오는 것이 아니라고 강조합니다. 치열한 영적 전투의 최전방에 선 지도자조차 누군가의 위로가 필요합니다. 한 사람의 위대한 비전보다 아름다운 것은, 지친 어깨를 내어주고 함께 걸어주는 공동체의 따뜻한 연대입니다. 오늘날 우리의 예배당 입구에서 나누는 다정한 인사와 식탁의 교제가 결코 가벼운 친교로 치부될 수 없는 이유가 바로 이 영적 생태계에 있습니다.
로마의 셋집, 쇠사슬을 뛰어넘는 창조적 상상력
마침내 제국의 심장부 로마에 도착한 바울에게 주어 진 것은 온전한 자유가 아닌, 군사의 감시를 받는 작은 ‘셋집’이었습니다. 활동 반경이 철저히 제한된 갇힌 공간이었지만, 장재형 목사는 이 초라한 셋집을 쇠사슬을 뛰어넘는 ‘복음의 사회적 상상력’이 발현된 영광스러운 자리로 해석합니다. 감시의 눈초리는 진리가 뻗어나가는 길을 막지 못했고, 사도의 몸을 묶은 사슬은 상처 입은 자들을 보듬는 사랑의 손길을 묶지 못했습니다. 오히려 그 척박한 제약이 창조적인 사역의 벽돌이 되어, 주인과 노예라는 거대한 사회적 장벽을 허물고 오네시모와 같은 영혼들을 형제로 빚어냈습니다. 우리의 현실 역시 팍팍한 재정과 불리한 조건들로 겹겹이 둘러싸여 있지만, 생명력 넘치는 말씀은 언제나 그 닫힌 문틈을 비집고 들어가 새로운 길을 개척해 냅니다.
사도행전의 마지막 장은 닫힌 결말이 아니라, “금하는 사람이 없이 거침없이(ἀκωλύτως)”라는 선언과 함께 영원한 현재 진행형으로 끝을 맺습니다. 장재형 목사는 이 가슴 벅찬 열린 결말이 곧 오늘을 살아가는 우리에게 맡겨진 빈 페이지라고 역설합니다. 시대의 바람이 차갑게 변하고 교회를 향한 세상의 시선이 매서워졌을지라도, 역사를 주관하시는 하나님의 고요한 맥박은 단 한 번도 멈춘 적이 없습니다.
이제 렘브란트의 캔버스 밖으로 걸어 나와, 사도행전의 29장을 우리의 삶으로 써 내려갈 차례입니다. 우리가 머무는 작고 초라한 셋집이 누군가를 품어내는 다정한 환대의 공간이 될 때, 그리고 무너진 이웃의 상처 위에 조용히 기도의 두 손을 포갤 때, 2천 년 전 바울이 거침없이 흘려보냈던 그 은혜의 강물은 2026년 오늘, 우리의 일상 한가운데서 다시금 힘차게 굽이칠 것입니다.
Es la estación en la que el viento frío se cuela por el cuello del abrigo. No solo llega el invierno por el ciclo de las estaciones; también a nuestra vida, sin aviso, suele llegar un invierno implacable. Cuando arrecia la ventisca llamada carencia económica, ruptura de relaciones o enfermedad, el ser humano busca instintivamente un lugar donde resguardarse. Hace dos mil años, el anciano apóstol Pablo, encerrado en la fría prisión subterránea de Roma, también sentía hasta los huesos el frío del invierno que se acercaba. Al escribir a su amado discípulo Timoteo, le pide dos cosas: “Procura venir pronto a verme… y cuando vengas, trae el abrigo”. Lo que solicitó aquel gran evangelista, con la muerte a la vista, no fue una grandilocuente proposición teológica, sino un viejo abrigo para cubrir su cuerpo aterido y el calor humano de una presencia.
En una noche de tormenta, el único refugio donde puede posarse el alma
En la obra maestra imperecedera de Víctor Hugo, Los miserables, aparece una escena memorable que atraviesa la esencia del templo (santuario). Jean Valjean, tras diecinueve años de prisión, vuelve al mundo, pero tiembla de frío y hambre porque nadie lo recibe debido al estigma de exconvicto. El último lugar cuya puerta llama es la casa del obispo Myriel. Cuando todas las puertas del mundo se han cerrado, el obispo lo acoge y le dice: “Este no es mi hogar, sino el hogar de Jesucristo. Esta puerta no pregunta el nombre de quien entra; solo pregunta si le duele algo”.
Esta escena conmovedora resuena profundamente con el mensaje de los sermones del pastor Jang Jaehyung sobre 2 Crónicas 7 y Zacarías 14. El pastor Jang no redujo el templo a la idea de un simple edificio. Con intuición teológica, explicó que el templo es precisamente “el lugar santo donde el cielo y la tierra se encuentran, y donde Dios y el ser humano tienen comunión”, como el desierto de Betel donde Jacob durmió apoyando la cabeza sobre una piedra. La palabra de Dios prometida a Salomón—“mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días”—insiste, para nosotros que estamos en medio de la tormenta de la tribulación, en que el templo no es una instalación religiosa más, sino el único refugio del alma.
Cuando el mundo se tambalea ante olas gigantescas como la pandemia y la crisis económica, ¿qué parte le corresponde sostener a la iglesia? El pastor Jang Jaehyung enfatiza que, cuanto mayor es la tribulación, más debe recuperarse la identidad esencial del templo como “casa de oración para todas las naciones”. Así como lo que el obispo Myriel ofreció a Jean Valjean no fue solo un lugar para dormir y algo de comer, sino la dignidad humana perdida, la iglesia debe convertirse en una fortaleza espiritual donde los heridos y desplazados por el mundo entren, se encuentren cara a cara con Dios y reciban sanidad. Porque la oración es la llave que abre la puerta del cielo y el canal por el que desciende el poder de Dios que restaura una tierra sufriente.
El calor de la reconciliación que derrite el suelo helado de la prisión
Sin embargo, la función del templo no se detiene en ser refugio. A través de la Palabra de 2 Timoteo 4, el pastor Jang Jaehyung transmite con peso que el verdadero calor que debe llenar el templo es el “amor y la reconciliación”. El pasaje en el que Pablo, desde la cárcel, le dice a Timoteo: “Trae contigo a Marcos”, es un giro verdaderamente sorprendente. Marcos fue quien, durante un viaje misionero, abandonó la obra sin permiso porque le resultaba difícil, causando a Pablo una gran decepción. A causa de eso, Pablo incluso sufrió el dolor de separarse de su colaborador Bernabé. Pero ante el último invierno de su vida, Pablo perdona a Marcos, lo reconoce de nuevo como “útil para el ministerio” y lo invita.
Esta reconciliación dramática es precisamente el gran poder que posee el evangelio. El pastor Jang Jaehyung percibe que, si el “abrigo” que Pablo pidió era una herramienta para proteger el frío del cuerpo, llamar a Marcos fue un acto de amor que derrite el frío del alma. Que Filemón recibiera como hermano al esclavo fugitivo Onésimo pertenece al mismo hilo. Mediante la meditación bíblica comprendemos algo: por más majestuoso que sea el edificio y por más solemnes que sean los ritos, si dentro no hay perdón, reconciliación y un amor ardiente hacia el hermano, ese lugar no es más que un montón de piedras lleno de frío. La fuerza que vence el invierno implacable no proviene de un sistema, sino de un abrigo de amor que cubre las faltas del otro.
La primavera espiritual que sale al encuentro con rodillas de oración
Hoy seguimos viviendo mientras escuchamos noticias de guerras y hambrunas, de conflictos y divisiones. Es como atravesar una larga noche invernal sin ver el final. Sin embargo, el pastor Jang Jaehyung no desespera. Está convencido de que, como anuncia Zacarías, en el día de la tribulación Dios ciertamente abrirá un camino de escape, y que ese camino se abre cuando doblamos las rodillas en oración. Lo importante es qué preparamos durante ese tiempo de tribulación.
¿Está cálido nuestro templo ahora? ¿No se habrá vuelto una habitación helada por el odio y la condena hacia alguien? El mensaje del pastor Jang Jaehyung es claro: la sabiduría para atravesar la tribulación es una oración ferviente dirigida a Dios y una reconciliación concreta dirigida al prójimo. Cuando nos convertimos en el “Marcos” del otro, y también en el “Onésimo” del otro, la iglesia por fin se completa como el verdadero templo que ofrece una paz que el mundo no puede dar.
Pablo estaba encerrado en el espacio limitado de una prisión, pero su alma era más libre que nadie dentro de la gracia. Porque contemplaba, más allá del invierno de la muerte que se aproximaba, la corona eterna de justicia. También nosotros necesitamos estos ojos de fe. Aunque la situación sea difícil y la realidad sea fría, pónganse el abrigo del amor y aviven el fuego de la oración. Dios responderá sin falta sobre esa oración y ese amor, y finalmente concederá a nuestra vida una primavera espiritual resplandeciente. Este es el consuelo y la promesa de Dios que atraviesa los tiempos y llega hasta nosotros.
C’est une saison où le vent froid s’insinue sous le col. Mais au-delà de l’hiver qui revient au rythme des saisons, il arrive aussi qu’un hiver impitoyable s’abatte sans prévenir sur nos vies. Quand la pénurie économique, la rupture des relations, ou le blizzard appelé maladie se déchaîne, l’être humain cherche instinctivement un endroit où se mettre à l’abri. Il y a deux mille ans, l’apôtre Paul, vieilli, enfermé dans une froide prison souterraine à Rome, sentait lui aussi jusqu’à l’os la morsure de l’hiver qui approchait. Dans sa lettre à son disciple bien-aimé Timothée, il formule deux demandes : « Efforce-toi de venir au plus tôt vers moi… et, quand tu viendras, apporte le manteau. » Ce que le grand évangéliste, au seuil de la mort, réclame n’est pas une thèse théologique grandiose, mais un vieux manteau pour couvrir un corps transi — et la chaleur humaine d’une présence.
Par nuit de tempête, l’unique refuge où l’âme peut se poser Dans l’immortel chef-d’œuvre de Victor Hugo, Les Misérables, une scène saisissante révèle l’essence même du « temple » (lieu saint). Après dix-neuf ans de bagne, Jean Valjean retrouve le monde ; mais, marqué du sceau de forçat, nul ne l’accueille. Il tremble de froid et de faim. La dernière porte à laquelle il frappe est celle de la maison de l’évêque Myriel. Quand toutes les portes se ferment, l’évêque le reçoit et lui dit, en substance : « Ce n’est pas ma maison, c’est la maison de Jésus-Christ. Cette porte ne demande pas le nom de celui qui entre ; elle demande seulement s’il souffre. »
Cette scène bouleversante entre en profonde résonance avec les messages que le pasteur David Jang a prêchés sur 2 Chroniques chapitre 7 et Zacharie chapitre 14. Pour lui, le temple ne se réduit pas à un bâtiment. Il en déploie le sens avec une pénétration théologique : comme le désert de Béthel où Jacob s’endormit la tête posée sur une pierre, le temple est « le lieu saint où le ciel et la terre se rencontrent, où Dieu et l’homme entrent en communion ». La parole adressée à Salomon — « Mes yeux et mon cœur seront toujours là » — affirme, pour nous aujourd’hui, au milieu de la tempête de l’épreuve, que le temple n’est pas une simple infrastructure religieuse : il est l’unique refuge de l’âme.
Quand le monde vacille sous les vagues gigantesques d’une pandémie et d’une crise économique, quelle part l’Église doit-elle porter ? Le pasteur David Jang souligne que, plus l’épreuve est intense, plus il faut restaurer l’identité originelle du temple : « une maison de prière pour tous les peuples ». De même que l’évêque Myriel n’a pas seulement offert à Jean Valjean un lit et un repas, mais lui a rendu une dignité humaine perdue, l’Église doit devenir une forteresse spirituelle où ceux que le monde a blessés et rejetés peuvent entrer, se tenir face à Dieu, et recevoir guérison. Car la prière est la clé qui ouvre la porte du ciel — et le canal par lequel s’abaisse la puissance de Dieu, lui qui guérit la terre souffrante.
La chaleur de la réconciliation qui fait fondre le sol glacé de la prison Pourtant, la fonction du temple ne s’arrête pas à celle d’un refuge. À travers 2 Timothée chapitre 4, le pasteur David Jang transmet avec gravité que la véritable chaleur appelée à remplir le temple est celle de « l’amour et de la réconciliation ». Le passage où Paul, depuis sa prison, dit à Timothée : « Prends Marc et amène-le avec toi », est un renversement stupéfiant. Marc est précisément celui qui, autrefois, avait abandonné l’équipe missionnaire en cours de route, au grand désappointement de Paul. Cette défection avait même entraîné la douloureuse séparation d’avec Barnabas, son compagnon d’œuvre. Or, devant le dernier hiver de sa vie, Paul pardonne à Marc, l’accueille de nouveau, et le reconnaît comme « utile pour le ministère ».
Cette réconciliation dramatique révèle la grandeur de la puissance de l’Évangile. Le pasteur David Jang offre une lecture pénétrante : si le « manteau » demandé par Paul devait protéger son corps du froid, l’appel à Marc, lui, était un acte d’amour destiné à faire fondre le froid de l’âme. Dans le même esprit, Paul demandera à Philémon de recevoir comme un frère Onésime, l’esclave fugitif. La méditation biblique nous le fait comprendre : même s’il y a des édifices imposants et des cérémonies splendides, s’il n’y a pas, à l’intérieur, le pardon, la réconciliation, et l’amour ardent pour les frères, ce lieu n’est qu’un amas de pierres glacées. La force qui triomphe de l’hiver n’est pas d’abord celle d’un système, mais celle d’un manteau d’amour qui couvre les fautes de l’autre.
Accueillir le printemps spirituel à genoux dans la prière Nous vivons encore aujourd’hui au milieu de nouvelles de guerre, de famine, de conflits et de divisions — comme si nous traversions une interminable nuit d’hiver. Pourtant, le pasteur David Jang ne cède pas au désespoir. À la lumière de la prophétie de Zacharie, il est convaincu qu’au jour de l’épreuve, Dieu ouvre certainement un chemin de délivrance, et que ce chemin s’ouvre quand nous plions les genoux dans la prière. La question décisive est donc : qu’est-ce que nous préparons pendant ce temps d’épreuve ?
Notre temple est-il, aujourd’hui, un lieu chaleureux ? Ou bien est-il devenu une chambre froide à cause de la haine et de la condamnation dirigées contre quelqu’un ? Le message du pasteur David Jang est clair : la sagesse pour traverser l’épreuve, c’est une prière ardente tournée vers Dieu, et une réconciliation concrète tournée vers le prochain. Quand nous devenons, les uns pour les autres, un « Marc », et quand nous devenons, les uns pour les autres, un « Onésime », l’Église s’achève enfin comme le véritable temple — celui qui offre une paix que le monde ne peut donner.
Paul était enfermé dans l’espace limité d’une prison, mais son âme, dans la grâce, était plus libre que tout autre. Car il regardait, au-delà de l’hiver de la mort qui s’approchait, la couronne de justice éternelle. Il nous faut, à nous aussi, ce regard de la foi. Même si la situation est difficile et le réel glacé, revêtez le manteau de l’amour et attisez le feu de la prière. Dieu répondra nécessairement sur cette prière et sur cet amour, et il accordera finalement à nos vies un printemps spirituel éclatant. Voilà la consolation et la promesse de Dieu qui traversent les âges et nous sont données.
It is the season when cold winds cut through our collars. And beyond the winter that returns with the turning of the year, there are winters that arrive in our lives without warning—sudden, ruthless, and unforgiving. When the blizzard comes in the form of financial lack, severed relationships, or illness, we instinctively look for somewhere to hide, somewhere to endure. Two thousand years ago, the aged apostle Paul—confined in a cold underground Roman prison—was also feeling the biting chill of an approaching winter. Writing to his beloved disciple Timothy, he makes two requests: “Do your best to come to me soon… and when you come, bring the cloak.” What the great evangelist, with death looming, asks for is not a grand theological proposition, but a worn cloak to cover his aching body—and the warmth of human presence.
On a stormy night, the only refuge where a soul can rest
In Victor Hugo’s immortal masterpiece Les Misérables, there is a scene that pierces straight to the essence of the temple (a sacred dwelling). Jean Valjean, released after nineteen years in prison, trembles with cold and hunger because the stigma of being a convict leaves him rejected everywhere. The last door he knocks on is the home of Bishop Myriel. When every door in the world has been shut, the bishop welcomes him and says in effect: “This is not my house; it is the house of Jesus Christ. This door does not ask a person’s name—only whether the person is in pain.”
This moving moment resonates deeply with the sermon messages Pastor David Jang delivered from 2 Chronicles 7 and Zechariah 14. Pastor David Jang does not reduce the temple to the mere idea of a building. Like Bethel’s wilderness, where Jacob slept with a stone for a pillow, he unfolds a theological insight: the temple is “the holy place where heaven and earth meet, and where God and humanity commune.” God’s promise to Solomon—“My eyes and my heart will always be there”—declares to us, who find ourselves in storms of tribulation today, that the temple is not simply a religious facility but the soul’s one true refuge.
When the world staggers before massive waves like a pandemic and economic crisis, what responsibility must the church bear? Pastor David Jang emphasizes that the more severe the tribulation, the more the temple must recover its essential identity as “a house of prayer for all nations.” Just as what Bishop Myriel offered Jean Valjean was not merely a bed and food but the dignity of a human being restored, the church must become a spiritual fortress where the wounded and cast aside can come, meet God, and be healed. Prayer is the key that opens heaven’s door, and the channel through which God’s power flows to heal a suffering land.
The warmth of reconciliation that melts a cold prison floor
Yet the temple’s role does not end with being a refuge. Through the words of 2 Timothy chapter 4, Pastor David Jang delivers a weighty truth: the real warmth that must fill the temple is “love and reconciliation.” Paul’s request from prison—“Get Mark and bring him with you”—is a startling reversal. Mark was the one who, during an earlier missionary journey, abandoned the work because it was too difficult, causing Paul deep disappointment. The fallout even led to the painful separation between Paul and Barnabas. And yet, in the final winter of his life, Paul forgives Mark, welcomes him again, and acknowledges him as “useful to me for ministry.”
This dramatic reconciliation is precisely the gospel’s great power. Pastor David Jang observes that if the “cloak” Paul asked for would shield him from physical cold, then calling for Mark was an act of love that would thaw the coldness of the soul. The same thread runs through Paul’s appeal to Philemon to receive Onesimus—the runaway slave—as a brother. Through Scripture meditation, we come to recognize a piercing truth: no matter how magnificent the building or how splendid the ceremonies, if there is no forgiveness, no reconciliation, and no fervent love for one’s brother, that place is nothing but a pile of stones filled with chill. The power that overcomes a brutal winter is not a system, but a cloak of love that covers one another’s faults.
Welcoming spiritual spring on knees bent in prayer
Even now, we live amid news of war and famine, conflict and division—like passing through a long winter night with no end in sight. Yet Pastor David Jang does not despair. Like Zechariah’s prophecy, he is convinced that in the day of tribulation God will surely make a way of escape, and that way opens when we bow our knees in prayer. The crucial question is what we prepare during that season of trial.
Is our temple warm today? Or has it become an icy room because of hatred and condemnation toward someone? Pastor David Jang’s message is unmistakably clear: wisdom for passing through tribulation is earnest prayer toward God and concrete reconciliation toward our neighbor. When we become one another’s “Mark,” and when we become one another’s “Onesimus,” the church is finally completed as the true temple that grants a peace the world cannot give.
Paul was confined to the narrow space of a prison, yet his soul was freer than anyone’s within grace—because he looked beyond winter’s approaching death to the eternal crown of righteousness. We, too, need the eyes of such faith. Even when circumstances are hard and reality feels cold, put on the warm cloak of love and kindle the fire of prayer. God will surely respond upon that prayer and love, and in the end He will grant a radiant spiritual spring to our lives. This is God’s comfort and promise given to us—one that pierces through every age.