
¿Alguna vez has contemplado con calma la obra maestra La adoración del becerro de oro (The Adoration of the Golden Calf) del gran pintor del clasicismo francés del siglo XVII, Nicolas Poussin? En el centro del lienzo se alza un enorme becerro de oro resplandeciente, y a su alrededor la gente danza y grita de júbilo, como si hubiera perdido por completo la razón. En sus rostros se perciben el placer y la locura, pero, paradójicamente, detrás de aquel esplendor se enroscan un miedo profundo y un vacío oscuro. Es la tragedia producida por la impaciencia humana, incapaz de esperar hasta el fin al Dios invisible. Lo interesante es que Moisés, descendiendo del monte con las tablas de los Diez Mandamientos en sus manos y con indignación en el rostro, aparece pintado muy pequeño y apenas visible en un rincón lejano de la escena. La mirada de la multitud está completamente cautivada por el ídolo brillante que tienen frente a sí, y no alcanza a darse cuenta de que la verdadera verdad se acerca. Ese triste paisaje ocurrido en el árido desierto hace miles de años toca, de manera sorprendentemente exacta, el paisaje interior de quienes hoy vivimos flotando en medio de neones deslumbrantes y océanos digitales.
Personas que se perdieron aun sobre el río de la gracia
En 1 Corintios 10, Pablo vuelve a recordar los sobrecogedores milagros y privilegios que disfrutó el pueblo de Israel. Estuvieron bajo la protección de la columna de nube, cruzaron el mar Rojo en medio del milagro y bebieron del agua espiritual que brotó de la roca seca. Sin embargo, aunque experimentaron en carne propia figuras tan vívidas del evangelio, la mayoría de ellos terminó pereciendo en el desierto sin llegar a pisar la tierra prometida. El pastor David Jang trae esta helada paradoja de la historia al centro mismo de nuestra agotadora realidad y la ilumina con agudeza. Su reflexión teológica es profunda: ni las señales religiosas, como haber recibido el bautismo y participar de la Santa Cena, ni tampoco un cargo eclesiástico, pueden convertirse automáticamente en un escudo que garantice nuestra seguridad. La severa advertencia de Pablo a la iglesia de Corinto, que se enorgullecía de su abundancia de dones espirituales y de conocimiento —“el que piensa estar firme, mire que no caiga”—, suena hoy como una grieta ensordecedora que sacude nuestra alma, tan habituada a la gracia que ha perdido la tensión espiritual.
Ídolos invisibles que perforan el vacío del alma
El inicio de la grieta fatal que hizo derrumbarse a la generación del desierto fue, al final, la idolatría y la inmoralidad sexual. Aquellos que moldearon un becerro de oro para calmar la angustia insoportable que tenían delante reflejan el triste retrato del ser humano moderno, que cada día se arrodilla ante ídolos refinados como el dinero, el éxito y la sensación de control. El pastor David Jang diagnostica con claridad que el ídolo moderno no es simplemente la materia o el placer en sí, sino la “falsa sensación de seguridad” que estas cosas nos prometen. Cuando Jesús rechazó con firmeza la tentación de Satanás de convertir las piedras en pan, no estaba negando la necesidad del cuerpo, sino proclamando al universo entero quién es verdaderamente el soberano de la existencia. Hoy, en medio de algoritmos estimulantes que nos inundan y de una cultura de comparación interminable, nuestra sensibilidad espiritual se entumece con demasiada facilidad. En ese momento, lo que realmente necesitamos no es la obsesión sofocante por un ascetismo extremo, sino la restauración del gozo y de la verdadera libertad que se disfrutan en el Espíritu Santo. Así como alguien que desea recuperar la salud física perdida decide cortar con firmeza durante más de tres años el azúcar y los alimentos procesados dañinos, y cada mañana entrena su cuerpo en silencio durante cuarenta minutos, también nuestra alma necesita una decisión santa de rechazar la comida chatarra del mundo y una disciplina diaria constante. Ese es el verdadero camino para guardar el corazón.
El pequeño y firme acto de obediencia cotidiana que produce el milagro santo
Cuando las circunstancias de la vida no fluyen conforme a nuestra voluntad, caemos con demasiada facilidad en la tentación de probar al Señor o de hundirnos en el profundo pantano de la queja. En el vacío de un alma donde se ha evaporado el recuerdo de la gracia de la cruz, no tarda en crecer el hongo venenoso de la murmuración y la incredulidad. Frente a esta debilidad nuestra, el pastor David Jang exhorta a no entregar la fe a las olas caprichosas de la emoción y de las circunstancias, sino a plantar ambos pies firmemente sobre la sólida objetividad de la Palabra inmutable. La “liturgia de la gratitud” que él propone como alternativa es una secuencia muy concreta y práctica de meditación bíblica y obediencia. Al elevar la primera oración del día, se trata de recordar profundamente una gracia que Dios nos concedió ayer y, a partir de ella, decidir una pequeña obediencia concreta para hoy. Cuando la amargura hacia alguien sube hasta la garganta, elegir un silencio suave en lugar de una defensa hiriente; en el momento de la tentación, apagar la pantalla de los medios y comenzar a leer en voz alta los Salmos. Cuando estas obediencias pequeñas pero firmes de la vida diaria se acumulan capa tras capa, nuestro carácter, antes afilado y áspero, empieza a parecerse a la mansedumbre de Cristo, y la trayectoria de nuestra vida avanza sin vacilar hacia la eternidad.
La nueva salida de gracia que el Dios fiel ha dejado abierta
Aun así, 1 Corintios 10:13 permanece erguido en medio de las pruebas y tentaciones más intensas como una columna resplandeciente de consuelo. Dios es fiel: no permitirá jamás que seamos tentados más allá de lo que podemos soportar, y abrirá finalmente una salida. El pastor David Jang nos recuerda que esta “salida” no es un cobarde escape de la realidad, sino una nueva y valiente “salida de obediencia” preparada por Dios. En definitiva, esta vida semejante a un desierto, por la que caminamos secándonos las lágrimas, no es un espacio de desesperación donde rumiar una y otra vez los fracasos del pasado, sino el glorioso escenario de santificación en el que demostramos con toda nuestra vida la fidelidad de Dios. Tal como proclama el gran llamado a hacer todo —sea comer o beber— para la gloria de Dios, también las decisiones agotadoras de un lugar de trabajo exigente y las cálidas mesas compartidas en el hogar pueden convertirse en adoración santa.
El núcleo que atraviesa este sermón del pastor David Jang es, en definitiva, la esencia del evangelio y el amor incesante de Dios. La humildad de reconocer con honestidad mi propia debilidad, esa fragilidad capaz de caer en cualquier momento, y la confianza firme en el Dios que no me abandona y me sostiene hasta el final. Hoy, en el lugar ordinario de la vida que se nos ha dado, levantemos en silencio un altar de gratitud. Cuando recordamos la gracia de ayer y sembramos hoy la semilla de una pequeña obediencia, esos pasos se van reuniendo y, sin darnos cuenta, acabaremos de pie en medio del descanso eterno que el Señor ha preparado, en la misma tierra prometida.