
I. El trasfondo de Gálatas 6 y el problema del legalismo
Gálatas 6 es la parte final de la carta que el apóstol Pablo envió a la iglesia de Galacia. A lo largo de esta epístola, Pablo busca reafirmar la verdad central del evangelio—“únicamente la cruz de Cristo”—ante los creyentes que se habían visto sacudidos por las doctrinas de los legalistas. La carta a los Gálatas aborda en profundidad cómo se equilibra la ley con el evangelio en la era de la iglesia primitiva, o bien cómo el evangelio nos libera del yugo de la ley. Hasta llegar al capítulo 6, Pablo se ha encargado de refutar con insistencia los errores de una soteriología basada en la circuncisión y en la observancia de la ley. De esa forma, enseña la verdad de que somos justificados por la fe en Jesucristo, subrayando que la salvación se obtiene únicamente por gracia: esta es la esencia misma del evangelio.
El pastor David Jang, al analizar el significado de Gálatas 6, explica con detalle por qué Pablo, en el último capítulo, pone énfasis en la “práctica concreta del amor” y en el “compartir material” antes de concluir la carta. En la región de Galacia, habían surgido individuos que pretendían desvirtuar el evangelio predicado por Pablo, insistiendo en que la circuncisión era un requisito indispensable para la salvación. No les bastaba el evangelio, sino que alegaban que, para alcanzar una “salvación más segura”, era necesario someterse al rito tradicional judío de la circuncisión. No solo eso, sino que llevaban el asunto hasta el extremo de exigir la observancia de toda la Ley para que la salvación fuera “completa”. Sin embargo, Pablo los confronta duramente, llamando a su enseñanza “otro evangelio”. El evangelio es totalmente completo gracias a la cruz de Jesucristo, y no se le puede añadir circuncisión ni ningún otro precepto de la ley. Si se llegase a agregar algo—por mínimo que fuera—implicaría que “la cruz no es suficiente”, lo cual es incompatible con el auténtico mensaje de Cristo.
Al examinar el flujo global de la carta a los Gálatas, vemos que, desde el capítulo 1 hasta el 5, Pablo sostiene la verdad fundamental de que somos salvos por gracia. Hacia el final del capítulo 5, habla de la vida libre en el Espíritu. En el capítulo 6, ilustra de manera práctica cómo se vive en el Espíritu: exhorta a la restauración con un espíritu de mansedumbre de quien ha pecado y, además, a sobrellevar los unos las cargas de los otros para recuperar y fortalecer el amor comunitario en la iglesia. Ese amor no se queda en meros discursos, sino que incluye la acción concreta de “compartir recursos materiales”. Por ello, en Gálatas 6:6 en adelante, Pablo hace hincapié en que “el que es enseñado en la palabra haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”, subrayando la importancia de suplir las necesidades de quienes se dedican al ministerio de la Palabra, compartiendo con ellos.
El pastor David Jang, analizando este contexto, recalca que “el primer paso del amor es el perdón, la tolerancia y el sobrellevar las cargas de los demás; y el paso siguiente es mostrar ese amor de manera más completa ayudando y compartiendo recursos financieros y materiales”. En particular, al llegar a Gálatas 6:7—“Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”—, podemos interpretarlo, en un sentido amplio, como el principio universal de que las buenas o malas acciones terminan dando fruto, tarde o temprano. Sin embargo, teniendo en cuenta que los versos anteriores hablan de “compartir con los que enseñan la Palabra”, Pablo se refiere en buena medida a la siembra “material” que también producirá su fruto.
Esto no significa caer en una visión meramente “prosperista”, como si “sembrar” asegurara automáticamente recibir más bienes. Pablo, cada vez que menciona los bienes materiales, se basa en dos premisas de gran importancia. Primera: “Servir a la comunidad cristiana y cuidar a los pobres con amor es una forma de vivir el evangelio en la práctica”. Segunda: existe la certeza de que “podemos dar generosamente sin temor a la escasez” porque confiamos en la gracia de Dios. En 2 Corintios 9, Pablo expresa que “Dios da semilla al que siembra y pan para comer”, lo cual significa que no solo nos provee de alimento para el presente, sino que también asegura nuestra siembra futura. Gálatas 6:9—“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”—subraya el mismo punto: confiando en que Dios nos recompensará a su debido tiempo, debemos perseverar en hacer el bien.
Pablo es consciente de que enfatizar la entrega material podría suscitar críticas dentro de la iglesia, como el recelo de que “se habla demasiado de dinero” o la incomodidad de “sentirse presionado a dar”. Por ello, en Gálatas 6:7 dice: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado”. Así, Pablo deja claro que Dios no mendiga nuestro dinero, a la vez que nos advierte que, a la hora de dar, debe hacerse con amor y gratitud, no con coacción ni con avaricia.
En resumen, la última exhortación de Gálatas 6 se centra en que el fruto del evangelio y del Espíritu sea “un amor que se plasma en acciones concretas”. A diferencia de los judaizantes, que promulgaban falsamente la necesidad de cumplir observancias externas para ser considerados “verdaderos cristianos”, Pablo enseña que el poder del evangelio se evidencia en una comunidad libre del pecado gracias a la cruz, que vive ayudándose y compartiendo mutuamente. Este es el meollo de lo que Gálatas 6:10 expresa: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. Primero se cuidan unos a otros para que no haya pobres ni necesitados en el seno de la iglesia, y luego ese amor se extiende fuera de ella. El pastor David Jang explica con gran claridad esta dimensión práctica de Gálatas 6, considerándolo un capítulo que habla de “un evangelio práctico”, tanto hacia la iglesia como hacia el mundo.
Tras el versículo 10, se pasa a la conclusión de la carta. En Gálatas 6:11, Pablo escribe: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano”, dando a entender que, a diferencia de Romanos u otras epístolas que dictó a un amanuense, en esta ocasión habría escrito él mismo, quizá debido a problemas de visión que le obligaban a usar letras grandes o bien porque quería subrayar la importancia de su mensaje. Sea cual fuere el motivo, muestra cuán relevante considera esta misiva para la iglesia de Galacia. En la parte final, vuelve a confrontar los errores de los “que siguen promoviendo el legalismo”, insistiendo con firmeza a los gálatas en que no sean arrastrados de nuevo por sus mentiras.
II. La práctica concreta del amor y la ayuda material
La forma en que Pablo menciona “amor” y “compartir” en Gálatas 6 resulta muy realista y práctica. En 1 Corintios 13, Pablo describe los atributos del amor—“el amor es paciente, es bondadoso…”—, pero en Gálatas 6 se ocupa de mostrar “cómo se encarna ese amor en la vida de la comunidad”. El pastor David Jang ve en esto un ejemplo del ministerio centrado en las ciudades que caracterizó a Pablo, quien ofrece un modelo concreto de cómo vivir el evangelio en el mundo real. A los creyentes de Galacia, que habían recibido el evangelio y experimentado la gracia, les surgió la duda de si debían volver a ciertas prácticas legales, seducidos por los falsos maestros que recomendaban retornar a la observancia de la ley. En esa situación, Pablo subraya: “Si vivís por el Espíritu, debéis manifestar el fruto del Espíritu, y ese fruto, empezando por el amor, se demuestra en el hecho de llevar las cargas unos de otros y en la ayuda material real. No es la circuncisión ni la observancia de normas lo que hace a un creyente auténtico; es el amor práctico entre vosotros lo que demuestra que vivís el verdadero evangelio”.
En especial, el versículo 6 del capítulo 6—“el que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye”—ilustra el ideal de “koinonía” (comunión) que caracteriza a la iglesia primitiva. Tal como vemos en Hechos 2 y 4, la iglesia mantenía la unión de bienes y cuidaba de manera que nadie pasara necesidad. Sin embargo, no en todas las iglesias se practicaba aquello con perfección, por lo que Pablo se veía obligado a instruir y exhortar continuamente en este sentido. En Galacia, es posible que quienes enseñaban la Palabra estuvieran pasando serias dificultades económicas mientras los demás se desentendían, o que incluso algunos se preguntaran por qué debían sostener económicamente a sus maestros. A esto responde Pablo diciendo: “No dejéis a los que se entregan a la enseñanza de la Palabra en la indigencia; compartid con ellos todo lo bueno”.
El pastor David Jang destaca que este principio sigue vigente en la iglesia actual. Si quienes predican, enseñan, o sirven como misioneros o pastores sufren escasez, y la congregación mira hacia otro lado, eso no puede llamarse amor comunitario. Podría parecer que hablar de dinero “no es espiritual”, pero la Biblia nunca trata el tema de las finanzas como algo superficial. Muy al contrario, el uso de los bienes materiales constituye una “prueba espiritual” y un indicador de la madurez cristiana. Así, en 2 Corintios, Pablo exhorta diciendo: “El que siembra generosamente, generosamente también segará”, llamándonos a la ofrenda y al bien hacer con alegría. Del mismo modo, Gálatas 6:7—“lo que el hombre sembrare, eso también segará”—nos recuerda que cuando sembramos amor por medio de acciones concretas, incluyendo lo económico, cosechamos hermosos frutos en el ámbito espiritual y comunitario.
Ahora bien, no debe malinterpretarse este principio como una fórmula de prosperidad excesiva del tipo “si das, Dios te devolverá multiplicado”. Pablo enseña más bien que “el bien nunca será en vano, y a su tiempo dará frutos preciosos”. Esos frutos no siempre se traducen en lo meramente económico; se trata también de bendiciones espirituales, del bien de la comunidad y de la provisión divina que opera en su soberanía. Esto se ve en Gálatas 6:8, donde se contrapone “sembrar para la carne” y “sembrar para el Espíritu”: quien vive para su egoísmo termina cosechando corrupción, mientras que quien siembra amor y buenas obras en el Espíritu recoge vida eterna.
A partir de Gálatas 6:9–10—“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos… hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”—el pastor David Jang formula la base misionera y ética de la iglesia: es fácil desalentarse al practicar un amor generoso y un servicio desinteresado, ya que no siempre se recibe reconocimiento, y a veces incluso surgen abusos. No obstante, Pablo anima: “No te rindas, no te desalientes. En el tiempo de Dios, tus obras tendrán fruto”. Esto se extiende también fuera de la iglesia: Pablo ordena “hacer bien a todos”, aunque con prioridad a “la familia de la fe”. Es decir, no basta con cuidar a los hermanos en la iglesia; debemos llevar este amor a la sociedad, protegiendo a los más vulnerables, conforme al mandato de Jesús en Mateo 25: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
Al final de Gálatas 6, en el versículo 14, Pablo expresa: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. En definitiva, el corazón de la enseñanza de Pablo es “solo la cruz”. Es la cruz la que lo liberó del pecado y le otorgó la verdadera libertad. Mientras los judaizantes se enorgullecían de sus ritos, Pablo declara: “Por la cruz, el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo”. El pastor David Jang reflexiona sobre esta declaración, explicando cómo el creyente debe adoptar la misma actitud: “si estamos muertos al mundo, el sistema de valores mundano ha perdido su influencia sobre nosotros; vivimos ahora solo para Cristo, portamos las marcas (stigmata) de Jesús”. Esto nos mueve a un estilo de vida consagrado a Dios y volcado en el amor fraternal.
En el versículo 15—“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación”—Pablo insiste de nuevo en que el auténtico distintivo cristiano no está en la conformidad a ritos o leyes externas, sino en ser “nueva criatura”. En Hechos 15, el Concilio de Jerusalén ya lo había dejado claro: tanto judíos como gentiles son salvos por la fe en el evangelio, sin que nada adicional sea necesario. Pablo, por lo tanto, cierra el asunto recalcando que añadir la circuncisión como requisito es tergiversar el evangelio. “Y a todos los que anden conforme a esta regla—esto es, un evangelio con el amor puesto en práctica y centrado en la cruz—paz y misericordia sean sobre ellos y sobre el Israel de Dios” (Gálatas 6:16). El pastor David Jang subraya cómo esta bendición final encierra la esperanza de que la iglesia mantenga su firmeza en el corazón de la fe: la cruz y la gracia vivida de manera práctica.
Sobre todo, subraya que la carta a los Gálatas empieza con un fuerte fundamento doctrinal, pero concluye apuntando a la práctica. El evangelio no se reduce a la aclaración teológica de lo que es correcto o no; exige que su poder transforme la vida cotidiana y la comunidad. Gálatas 6, por lo tanto, trata de la “maduración del fruto del evangelio”: servir a la comunidad de la fe, ayudar a los necesitados, sostener a quienes anuncian la Palabra y, en definitiva, “vivir conforme al Espíritu” (Gálatas 5:25).
Esta perspectiva reorienta a la iglesia: nos invita a preguntarnos si tenemos verdaderamente asido el evangelio y si lo estamos compartiendo en lo práctico, tanto dentro como fuera de la congregación. El yugo de la ley ya no puede someternos; somos libres, y esa libertad se expresa “sirviendo por amor unos a otros” (Gálatas 5:13). Tal amor implica perdonar, tener paciencia, ayudar materialmente. El pastor David Jang hace hincapié en que este es, a la vez, el gozo de la iglesia y el mensaje que debe irradiar al mundo.
En conclusión, el aporte de David Jang sobre Gálatas 6 nos muestra que “la sana doctrina” y “el área tan concreta como es la economía” no van cada una por su lado. Podemos tener creencias y confesiones de fe muy correctas, pero si no ayudamos a quien lo necesita, no vivimos de verdad el evangelio. La cruz no solo nos libera espiritualmente, sino que nos abre la posibilidad de compartir desinteresadamente nuestros bienes y nuestro tiempo con el prójimo. Por eso, Gálatas concluye remarcando “la importancia de la práctica del amor y la centralidad de la cruz”.
III. El evangelio centrado en la cruz y la consumación de la fe
En los versos finales de Gálatas 6, especialmente en los versículos 17 y 18, Pablo declara: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas de Jesús. Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén”. Estas palabras encierran el amor profundo y la visión que Pablo tiene por los creyentes de Galacia. Su frase “nadie me cause molestias” refleja el desgaste emocional y espiritual sufrido debido a los falsos maestros. Es también un llamado imperativo a que la iglesia de Galacia deje de titubear, recordando que el evangelio de Pablo es la verdad, y ningún “legalismo” o tradición puede sustituirlo.
Pablo afirma llevar “las marcas (stigmata) de Jesús”. Dicho término alude a las marcas que se aplicaban a los esclavos o a los animales, o incluso a los soldados para señalar su pertenencia a un amo o ejército. Así, Pablo declara inequívocamente “soy propiedad de Cristo”. De hecho, su cuerpo daba fe de las numerosas persecuciones y palizas sufridas por predicar el evangelio. Esos latigazos y cicatrices físicas se convirtieron en signos de su devoción a Jesús y en prueba de su verdadera autoridad apostólica. Por eso pudo proclamar que su único motivo de orgullo era la cruz de Cristo.
Mientras los legalistas pretendían jactarse de “marcar” a los demás con la circuncisión, Pablo muestra que la única marca realmente significativa es la del Señor Jesús, impresa en él mediante el sufrimiento por el evangelio. Ya lo había proclamado en Gálatas 2:20—“con Cristo estoy juntamente crucificado”—y en 6:14—“para mí el mundo ha sido crucificado, y yo para el mundo”. Aquello no era una simple metáfora; describía su vivencia personal.
Por ello, la conclusión de Gálatas exhorta a que “el que ha nacido de nuevo por el evangelio”—es decir, quien es una “nueva creación”—viva únicamente para la cruz, evidenciando el amor en la vida comunitaria y en el servicio al prójimo. Este es el mensaje que Pablo quiso implantar en la iglesia de Galacia y que nos concierne también hoy. El pastor David Jang advierte que en la iglesia actual pueden infiltrarse distintas formas de legalismo, sea exigiendo “ciertas obras” o “ciertos rituales” para ser considerado “un buen cristiano”. Pero el evangelio es completo en sí mismo, y la cruz es suficiente para la salvación. Añadir cualquier requisito extra convierte el mensaje de “solo la cruz” en “la cruz + algo”, lo cual desvirtúa su pureza.
Al otro extremo, también hay quienes confunden la libertad con el libertinaje y la irresponsabilidad, olvidando que Pablo advierte en Gálatas 5:13: “No uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”. Decir “estamos bajo la gracia; hagamos lo que queramos” no es el fruto genuino del evangelio. Quien lo comprende de verdad, se siente tan agradecido por el sacrificio de Cristo que busca de forma natural amar y servir. Así lo concreta Gálatas 6: ayudarse con las cargas, compartir lo material y apoyar a los que enseñan la Palabra.
De este modo, cuando combinamos “la centralidad de la cruz” con “la práctica del amor”, la iglesia alcanza su plenitud. Para el pastor David Jang, esto encarna la esencia de Gálatas: su contenido doctrinal y su ética comunitaria van juntos. Aunque la carta es breve, contiene lo esencial de la teología paulina y la ética cristiana. Se percibe la urgencia y pasión de Pablo por la iglesia, su anhelo de que los gálatas se mantengan firmes.
“De aquí en adelante nadie me cause molestias” (6:17) es el broche de oro a su exposición, insistiendo con firmeza en que “ningún otro mensaje o tradición humana suplante al verdadero evangelio”. Y el cierre—“Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén” (6:18)—es la bendición sincera de Pablo para la iglesia en Galacia y para todos los creyentes que lean esta carta en cualquier época. No es una mera frase de cortesía, sino la recapitulación teológica que atraviesa toda la epístola: la vida cristiana comienza y termina en la gracia de Cristo.
Para Pablo, vivir “en el evangelio” consiste en depender total y radicalmente de la gracia divina, alejados de toda pretensión de mérito humano. Así, el creyente, agradecido, comparte esa gracia con su prójimo. Recordemos 2 Corintios 5:17—“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”—, que nos libra de justificaciones mediante la ley. El libre acceso a la presencia de Dios no se traduce en irresponsabilidad, sino en la práctica del amor a través del perdón, el servicio y el compartir. Gálatas 6 ilustra, por tanto, cómo el Espíritu Santo produce frutos visibles y concretos en quienes han sido salvados por gracia.
El pastor David Jang relaciona este mensaje con la realidad de la iglesia contemporánea. Muchas iglesias se topan con dificultades financieras o conflictos a raíz de la ofrenda. Algunas evitan hablar de dinero en los sermones, temiendo incomodar a la gente. Pero, al igual que en Gálatas 6, Pablo nos muestra que “el manejo transparente y bíblico de lo material es vital en la iglesia”. Si un predicador o misionero pasa necesidad y la congregación no responde, ello revela una carencia de amor comunitario. No se trata de “lucrar con la fe”, sino de “bendecir y servir con amor en la abundante gracia de Dios”. Esto pone de relieve el poder del evangelio ante el mundo.
El mismo principio se extiende a las relaciones entre hermanos: si un miembro de la congregación afronta dificultades económicas, se le debe ayudar. Gálatas 6:10—“Hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”—resume este llamado. En la familia de Dios no debe haber quien quede excluido; primero cuidamos a los hermanos en la fe y luego ese amor se expande hacia afuera, socorriendo a los pobres y marginados. Como Jesús enseña en Mateo 25, “dar un vaso de agua al sediento es como hacerlo al mismo Señor”, y este es uno de los rasgos más genuinos de la iglesia.
En definitiva, Gálatas 6 destaca la centralidad de “solo la cruz” y exige al mismo tiempo “un amor vivo y concreto”. Al ser liberados por la gracia, es natural que esa gracia resplandezca en la comunidad y en el servicio al mundo. Esta es la conclusión a la que llega Pablo: la iglesia debe usar su libertad para amar, no para ganar la aprobación del mundo ni para demostrar superioridad moral, sino para compartir el amor recibido de Dios y darle la gloria. De este modo, la iglesia se convierte en el testimonio de la gran esperanza que hay en Cristo.
A lo largo de los últimos versículos del capítulo 6, Pablo reafirma: “Solo la cruz de Cristo” y “el amor práctico”. El pastor David Jang ve ahí el eje fundamental. Si la iglesia de Galacia vive conforme a esta verdad, superará la confusión generada por los legalistas, y experimentará la alegría y la libertad auténticas. Hoy, al igual que antes, esta enseñanza sigue siendo esencial para afrontar tanto el legalismo como el secularismo que amenazan la integridad de la fe. Gálatas 6 reitera el núcleo inmutable del evangelio y la forma en que ese núcleo se despliega en la vida de la comunidad.
A lo largo de la historia eclesiástica, el “legalismo” ha tomado múltiples formas, erosionando la pureza del evangelio. Durante la Edad Media, se manifestó, por ejemplo, en la venta de indulgencias, y en la Reforma, Lutero volvió a proclamar el “solo por la fe, solo por la gracia, solo por la Escritura”. Hoy, tampoco faltan quienes ponen el énfasis en “logros visibles” o “el cumplimiento de ciertas reglas” más que en la gracia. De nuevo, Gálatas 6 nos recuerda el corazón del evangelio: “estar centrados en la cruz” y vivir “una libertad que se manifiesta en el amor”.
En Gálatas 6:18—“Hermanos, la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén”—, Pablo finaliza. En casi todas sus cartas, cierra deseando “la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Esto indica que la fe, que nace de la gracia, se sostiene por la gracia hasta el final. El tema de la “libertad en el evangelio” de Gálatas también surge de este concepto: todo empieza y termina en el favor inmerecido de Dios. Aunque seamos débiles, la cruz nos ha redimido y ahora somos criaturas nuevas. Y al ser amados por Dios, podemos amar a los demás con generosidad y servicio. De este modo, la iglesia brilla ante el mundo con una fuerza que ningún poder terrenal puede imitar.
El pastor David Jang destaca que el evangelio no persigue un mero “salvarme a mí mismo para ir al cielo”, sino que implica una “salvación expansiva” que alcanza la comunidad y, por ende, el mundo. Gálatas 6 insta a la iglesia de Galacia (y a la nuestra) a ejecutar este principio, superando las mentiras legalistas para consolidarse como un lugar de verdadera libertad y gozo. En el siglo XXI, este texto conserva toda su vigencia. Debemos dejarnos guiar por el Espíritu, reconociendo que no tenemos nada de qué jactarnos fuera de la cruz, compartiendo las cargas de los demás, dando de comer al hambriento, sosteniendo a quienes nos enseñan la Palabra y perseverando en el bien.
Así, la recomendación final de Gálatas no se basa en la obligación fría, sino en la gratitud y el gozo que brotan de la cruz. Cuando cada creyente vive ese amor tangible, la iglesia despliega una influencia hermosa que el mundo no puede imitar. No es “la ley” la que nos mueve, sino “la gracia” emanada de la cruz de Cristo; esta es la auténtica libertad y el fruto del Espíritu.
En definitiva, Gálatas 6 nos ofrece un resumen profundo de la iglesia que sabe vivir su libertad en el evangelio. Pese a la confusión causada por los legalistas, Pablo se aferra a “solo la cruz” y señala que esa cruz desemboca en la edificación de una comunidad solidaria. El mismo modelo vale hoy: la iglesia existe para predicar la cruz de Jesucristo, y la evidencia de esa cruz es el amor traducido en acción. El pastor David Jang realza que el evangelio no es solo teología o discurso, sino “poder de Dios que transforma la vida y la comunidad”. Si meditamos en Gálatas 6 y lo aplicamos, adoptaremos la pasión y convicción de Pablo, quien podía decir: “Yo llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Así, la iglesia brillará de generación en generación, conservando la llama del evangelio a pesar de la penetración del legalismo o del secularismo.
Contemplando la despedida de Gálatas, llegamos a la conclusión de que “la gracia de Cristo hace posible todo lo demás”. Este es el tesoro que recorre toda la carta y que constituye su mensaje esencial. Cuando esa gracia madura en formas concretas de amor, la iglesia encarna la verdadera libertad y se convierte en instrumento de testimonio del reino de Dios. Ni la circuncisión ni la incircuncisión valen nada; lo que importa es una nueva creación que sirva al prójimo, no ostente más gloria que la cruz de Cristo, se alegre de llevar las marcas de Jesús y produzca el fruto del Espíritu al practicar el bien. Eso constituye el núcleo de Gálatas 6 según la enseñanza de David Jang: un mensaje plenamente vigente hoy, que insta a la iglesia y a los creyentes a usar la gracia recibida para servir a los demás. Amén.