
1. La Iglesia Primitiva y la Obra del Espíritu Santo
En los capítulos 2, 3 y 4 del libro de los Hechos, podemos contemplar con nitidez cómo se formó la Iglesia Primitiva y de qué manera se transformó. En el centro de ese cambio siempre se hallaba la poderosa presencia del Espíritu Santo, quien provocaba en la vida de las personas un vuelco radical. El pastor David Jang hace hincapié en esta obra del Espíritu al explicar que la Iglesia Primitiva vivía colmada de un profundo temor reverente hacia la soberanía y el gobierno de Dios; como resultado, experimentaba una existencia rebosante de milagros y prodigios. Pero dichos milagros no se limitaban a manifestaciones sobrenaturales —como la sanidad del cojo de nacimiento que llevaba 40 años imposibilitado—, sino que también se evidenciaban en una transformación completamente nueva, que comenzaba en el corazón humano y se expresaba en el acto de vaciarse de las posesiones y compartirlas con los demás.
Al leer en Hechos 2:43 en adelante que “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles”, percibimos que aquella Iglesia estaba llena de prodigios visibles. Sin embargo, el pastor David Jang señala que, además de esas manifestaciones asombrosas que se veían externamente, debemos prestar mayor atención a la transformación interna que llevó a los creyentes a soltar sus posesiones y experimentar un “vaciamiento” profundo. Cuando estos hombres y mujeres se congregaban y “tenían en común todas las cosas”, vendían sus bienes y sus propiedades y los repartían conforme a las necesidades de cada uno; era la evidencia de la gracia maravillosa del Espíritu Santo, que capacitaba a las personas para vencer el arraigado afán de posesión y la codicia en el interior del ser humano.
De forma particular, en Hechos 3:6, Pedro dice al hombre impedido que se encontraba ante la puerta del templo llamada la Hermosa: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy”. Este versículo simboliza la vida verdaderamente próspera que caracterizaba a la Iglesia Primitiva. Aunque no poseían ‘plata ni oro’, contaban con la plenitud del poder del Espíritu Santo y con una confianza absoluta en la soberanía de Dios. El pastor David Jang, a partir de este pasaje, nos recuerda cuál es la verdadera ‘riqueza’ que debemos anhelar. Los creyentes de la Iglesia Primitiva no consideraban sus propiedades como lo más importante; más bien, compartían con los demás cuanto Dios les había concedido. Incluso deseaban transmitir a sus prójimos la plenitud del Espíritu que moraba en ellos. Por eso, no veían las posesiones materiales como “su todo”. En esa visión de abundancia genuina radicaba la vitalidad de la Iglesia Primitiva y la base de su libertad más auténtica.
Además, al llegar al capítulo 4 de los Hechos, notamos que la Iglesia crece grandemente y continúan los milagros y prodigios, pero también aumentan las persecuciones desde fuera, mientras que, en el interior de la comunidad, la vida de oración se intensifica. El hecho de que los creyentes se reunieran para partir el pan, alabar y orar con ahínco demuestra que la fuente suprema de energía de la Iglesia no provenía del fervor humano ni de un simple entusiasmo, sino de la guía poderosa del Espíritu Santo. En este contexto, el pastor David Jang enfatiza la relevancia de la “fe en la resurrección”. Al fin y al cabo, la resurrección del Señor, quien venció a la muerte, constituye el fundamento último y definitivo de la esperanza que el ser humano puede poseer. Y si ese poder de Cristo resucitado sigue hoy obrando en la Iglesia y a través de la vida de los creyentes, entonces no hay temor que no pueda ser echado fuera, según señala el pastor Jang.
Al aferrarse de manera vivencial a la fe en la resurrección y recibir el poder del Espíritu Santo, la Iglesia Primitiva tenía la certeza de que el reino de Dios se hacía presente de manera real entre ellos. Esa convicción dio vuelta al individualismo y al egocentrismo anteriores, impulsando a los fieles a entregarse y a soltar sus posesiones con gusto. De esta forma, cada uno comenzó a compartir aquello que poseía para suplir las necesidades mutuas. En lugar de aferrarse a la ‘plata y el oro’, podían ofrecerlo todo con alegría por el reino de Dios. En este sentido, el pastor David Jang recalca una vez más la fuerza extraordinaria de la Iglesia Primitiva. Desde una perspectiva meramente humana, repartir las posesiones y compartirlas no es tarea fácil; el apego a lo material ha dominado incesantemente al ser humano a lo largo de las edades. Sin embargo, la Iglesia Primitiva pudo elevarse por encima de ese obstáculo, precisamente por la “obra colmante del Espíritu Santo”.
En la continuación de Hechos 4:32 en adelante, aparece Bernabé, un levita que “vendió un campo y trajo el precio de la venta y lo puso a los pies de los apóstoles”. Con un poco de imaginación, podemos dimensionar cuán audaz y radical debió de ser un acto así en aquella época. El pastor David Jang considera la entrega de Bernabé como un ejemplo representativo del espíritu de la Iglesia Primitiva. Bernabé no sólo donó sus bienes, sino que estaba expresando que toda su persona pertenecía a Dios. Sólo con esa convicción total es posible la verdadera entrega. Además, el significado de su nombre, “hijo de consolación” (o ‘exhortación, aliento’), añade un matiz relevante. En el Antiguo Testamento, particularmente en Isaías 40, se encuentra la exhortación “Consolad, consolad a mi pueblo”. Y la vida que Bernabé refleja puede verse como el cumplimiento de esa palabra profética. Esto demuestra que el anuncio del Antiguo Testamento acerca de la liberación y el perdón del pecado estaba cobrando realidad en la vida de la Iglesia Primitiva, tal como lo evidenciaba la entrega de Bernabé.
Al integrar todo esto, el pastor David Jang afirma que la Iglesia Primitiva no es simplemente un “ideal del pasado”, sino la identidad verdadera que la Iglesia actual debe redescubrir. En esencia, la Iglesia es una comunidad que comparte las riquezas y el poder, que vive para servir a los demás, y que se encarga de suplir mutuamente las necesidades. La visión más poderosa que tenía la Iglesia de aquel entonces surgía de la fe audaz en la resurrección de Jesucristo. Y cuando esa fe se traducía en acciones concretas, el mundo no tenía más remedio que quedar maravillado ante los prodigios y señales que contemplaba.
2. El vaciamiento y la entrega de las posesiones
Entre los rasgos más sobresalientes de la Iglesia Primitiva destaca el “vaciamiento de las posesiones”. Quienes recibieron la plenitud del Espíritu Santo empezaron a soltar sus bienes y dejaron de considerar sus propiedades y riquezas como “suyas”. El pasaje de Hechos 4:32, que señala que “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que lo tenían todo en común”, nos revela de manera muy clara lo que debiera caracterizar a la comunidad eclesial. El pastor David Jang presta especial atención a la expresión “se supera la posesión”. A lo largo de la historia de la humanidad, el afán de poseer ha sido, prácticamente, la raíz de innumerables conflictos. Individualismo, egoísmo, guerras, disputas, explotación, desigualdades e injusticias surgen con frecuencia de la codicia o del deseo de acumular. Sin embargo, la Iglesia Primitiva, gracias a la obra del Espíritu Santo, empezó a vivir y a encarnar el amor y el compartir que superan toda posesión, como si de una restauración del Edén se tratara. Esto pone de relieve la auténtica esencia de la Iglesia.
El pastor David Jang subraya que el concepto clave en este punto es el de “compartir”. Un compartir que no consiste en una simple distribución equitativa de la riqueza ni en un sistema rígido que prohibiera la propiedad individual. En primer lugar, cada creyente adquirió la convicción interior de que “esto no lo es todo”, reconociendo que Dios es el auténtico dueño de todo, y que cualquier cosa que disfrutamos le pertenece, en última instancia, a Él. Cuando esta realidad cala en el corazón y se expresa en la práctica, se hace posible “soltar” lo que antes defendíamos como “nuestro”. El corazón se ensancha de tal modo que podemos entregar generosamente lo propio al hermano que lo necesite. A esto se refiere el pastor Jang cuando habla de la “verdadera riqueza” que saboreó la Iglesia Primitiva al estar llena del Espíritu Santo.
En Hechos 4:34 leemos a continuación: “Así que no había entre ellos ningún necesitado”. Nos narra que no había quien padeciera pobreza. Vendían sus campos y casas, y entregaban el dinero a los pies de los apóstoles para que lo distribuyeran según la necesidad de cada persona. Se trata de la demostración más dramática del amor eclesial en la historia. El pastor David Jang puntualiza que, aunque esto parezca humanamente imposible, se hizo realidad por causa de la “plenitud que el Espíritu ya había provisto”. ¿De dónde surge la fuerza para desprenderse de las pertenencias? No procede meramente del ímpetu o de la benevolencia humana, sino de la convicción de quienes han encontrado al Señor resucitado y que, por la gracia del Espíritu, creen que “ya lo tienen todo” en Él. Al creerlo, ya no necesitan aferrarse a su dinero ni viven asustados por el futuro, pues están seguros de que Dios se encarga de su vida.
Cabe aclarar que esto no significa que cada congregación deba reproducir exactamente el mismo modelo de comunión de bienes. Según Hechos, los creyentes tenían propiedades y, con regocijo y de manera voluntaria, las ponían a disposición según las necesidades. Es decir, en la Iglesia Primitiva no se forzaba ni se imponía la ofrenda. Un ejemplo claro es el de Bernabé, quien vendió un campo y trajo el dinero a los pies de los apóstoles por su propia decisión. El pastor David Jang explica que esa “voluntariedad” evidencia que el movimiento de la comunidad provenía de la guía del Espíritu Santo. Si alguien da una ofrenda de manera forzada, no puede reflejar el verdadero rostro de la Iglesia de Cristo. La Iglesia Primitiva se movía únicamente según la dirección del Espíritu, lo cual generaba un amor y una entrega espontáneos. Esa es, precisamente, la forma “sana” de “superar la posesión” en el seno de la Iglesia.
El pastor David Jang insta a la Iglesia contemporánea a recuperar este aspecto de la Iglesia Primitiva. Nuestra época se caracteriza por un profundo individualismo y un materialismo creciente. Se exacerba el deseo de acumular más y más, y existe una presión constante por competir y superarse mutuamente. Sin embargo, si la Iglesia simplemente se deja llevar por esta corriente del mundo, terminará perdiendo el ideal de amor y de compartir, así como la verdadera riqueza espiritual, tan valorada por la Iglesia de los Hechos. Por ello, si la Iglesia hoy busca renovación y reforma de verdad, debe volver a poner la mirada en el valor de “vaciarse de las posesiones y compartir”, tal como propone el pastor David Jang. Cuando uno es realmente invadido por el Espíritu, el afán de la posesión deja de dominarnos, y obtenemos la libertad de ofrecer lo que tengamos a quien lo necesite, sin reparos.
Otro aspecto esencial es que la Iglesia no ignoraba ni negaba las “necesidades reales”. En la comunidad descrita en Hechos, cada cual recibía de acuerdo con su situación. Quien se encontraba en extrema pobreza, recibía más ayuda; quien no la precisaba tanto, recibía menos. Por consiguiente, ese acto de compartir estaba centrado en la necesidad práctica y concreta, no se trataba de un ideal fantasioso de “comunismo” o “producción colectiva”. Era, en realidad, el amor del Espíritu Santo aplicado a las circunstancias cotidianas, que daba un fruto tangible. El pastor David Jang señala que este compartir “centrado en la necesidad” es un modelo que la Iglesia de hoy haría bien en recuperar.
Aun así, en medio de esa comunidad tan pura y extraordinaria, emerge un suceso oscuro: la historia de Ananías y Safira. Muchos sostienen que si uno no entiende en profundidad el contexto de la “entrega de las posesiones”, descrito a partir de Hechos 4:32-37, le resultará muy duro y difícil de comprender lo que ocurre con Ananías y Safira en el capítulo 5. El pastor David Jang insiste aquí en la gravedad de tratar de forma liviana o engañosa algo que ha sido dedicado a Dios. En el mismo instante en que uno decide consagrar algo al Señor, aquello deja de ser propiedad personal y pasa a ser de Él. Pretender luego esconderlo con fines personales significa estar engañando al Espíritu Santo.
3. El caso de Ananías y Safira, y el mensaje del pastor David Jang
A partir de Hechos 5:1, se relata cómo Ananías y Safira deciden vender sus posesiones para ofrendarlas a la comunidad. Sin embargo, en lugar de dar la suma completa, retienen una parte para sí mismos. El problema no era tanto la cantidad retenida, sino el acto de “mentir”. Si ya habían resuelto entregar sus bienes al Señor, dejaban de ser suyos. El error fatal estuvo en querer esconder algo a Dios.
El pastor David Jang destaca que “la persona llena del Espíritu Santo discierne el engaño”. Cuando Ananías se presenta ante el apóstol Pedro, éste lo confronta al instante: “¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…?”. A los ojos humanos, podría parecer un pecado menor; pero para la Iglesia Primitiva, que vivía de forma tan transparente, pura y plenamente confiada en la soberanía divina, esta acción representaba un golpe directo contra la santidad de la comunidad. Por ello, las muertes consecutivas de Ananías y Safira delante de Pedro reflejan la seriedad con que se asumía este pecado. Si la “mentira” y el “engaño” se instalaban en una Iglesia floreciente, la comunidad entera podía derrumbarse.
Quizá, al leer este pasaje, se sienta que el castigo es excesivo: “Sólo dieron menos ofrenda, ¿por qué murieron?”. Pero el pastor David Jang explica que la Iglesia, en aquellos tiempos, tenía una consciencia poderosa de la “soberanía absoluta de Dios”, pues presenciaba diariamente la fuerza del Señor resucitado y del Espíritu Santo. Engañar al gobierno y autoridad divinos equivalía a “oponerse al Espíritu Santo”. Asimismo, el principio del “herem” (la prohibición absoluta de usar lo consagrado a Dios) del Antiguo Testamento seguía aplicándose en la Iglesia Primitiva. Tal como en la historia de Acán en el libro de Josué —donde éste escondió parte del botín que debía ser dedicado al Señor—, el acto de Ananías y Safira equivalía a violar la santidad de algo ofrecido a Dios. En la Biblia, actos como éstos se consideran extremadamente graves, pues niegan el hecho de que todo, incluida la vida y las posesiones, pertenece a Dios.
La historia de Acán muestra que, tras su desobediencia, todo Israel sufre derrota y entra en crisis hasta que se descubre su pecado y se le ejecuta. Esta severidad bíblica respecto a hurtar lo que se ha entregado a Dios se basa en que dicha acción equivale a rechazar la verdad de que la vida, los bienes y la riqueza del ser humano están bajo el dominio del Señor. El pastor David Jang explica que la Iglesia Primitiva heredó este “principio de santidad”. Por eso, pese a que a nuestra mentalidad moderna Hechos 5 pueda parecernos un relato extremo, la comunidad cristiana de aquel entonces, consciente de la presencia majestuosa de Dios, no podía responder de otro modo ante una afrenta tan directa contra la soberanía divina.
En el fondo, la pregunta que esto plantea es: ¿qué es la Iglesia realmente? ¿Un lugar donde reina de verdad el señorío de Dios, o un espacio meramente humano para realizar actividades religiosas? Si la Iglesia se somete al gobierno de Dios, no puede tolerar el pecado, por pequeño que sea. Obviamente, todos somos pecadores y no alcanzaremos la perfección; sin embargo, deberíamos, al menos, reconocer el pecado y tratar de corregirlo. El pastor David Jang hace énfasis en que la Iglesia actual debiera reflexionar detenidamente sobre el incidente de Ananías y Safira. ¿Por qué ofrendamos? ¿Por qué servimos? ¿Por qué vivimos en adoración? ¿Realmente lo hacemos con un corazón sincero delante del Señor, o albergamos un sutil afán de provecho y un disfraz que engaña a los demás?
La muerte de Ananías y Safira produjo gran temor entre los creyentes de la Iglesia Primitiva. El pasaje dice: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hech. 5:11). Esa clase de temor no los inhibía ni destruía la comunidad, sino que reforzaba la reverencia a Dios: “Hemos de vivir en pureza si queremos que la Iglesia permanezca con vida”. La exhortación a ser veraces y transparentes ante Dios es un mensaje que la Iglesia de hoy no puede pasar por alto.
El pastor David Jang subraya que “el mayor milagro que podemos experimentar no consiste en señales externas, sino en la ruptura de la codicia oculta en lo profundo del corazón, transformando nuestra actitud a una de plena sumisión al señorío de Dios”. Aunque la cuestión económica sea, a menudo, el reflejo más sensible de nuestras motivaciones, en realidad lo que está en juego es el estado de nuestra fe. La pregunta no es “¿cuánto me esfuerzo en la Iglesia?”, sino “¿confío en Dios lo suficiente para vivir libre del dominio de la posesión?”.
En este contexto, el pastor David Jang dirige a la Iglesia de hoy la siguiente pregunta: “Al enfrentar la historia de Ananías y Safira, ¿acaso no hay alguna parte de nuestra vida en la que estemos mintiendo a Dios?”. Puede que hagamos obras buenas y demos la impresión de entrega total, cuando en el fondo engañamos al Espíritu Santo. Por ejemplo, podemos ofrendar o servir aguardando la alabanza o el reconocimiento de los demás, o proclamamos que todo se lo damos a Dios, pero en realidad “nos reservamos una parte” en secreto. Si ignoramos este problema y nos jactamos de lo “activos” que somos en la Iglesia o de cuánto más ofrendamos que los demás, corremos el riesgo de repetir la tragedia de Ananías y Safira.
Asimismo, los líderes eclesiásticos deben examinarse y guiar correctamente a los creyentes. Si el uso de los fondos no es transparente, si no se rinden cuentas claras de cómo se emplean las ofrendas, o si algún dirigente convierte la Iglesia en herramienta para satisfacer sus propios intereses, se contradice frontalmente con la pureza de la Iglesia Primitiva. El pastor David Jang remarca que los líderes deben ser como Bernabé, dispuestos a entregarlo todo voluntariamente, convirtiéndose en “hijos de consolación” genuinos. Antes de exigirle sacrificios a los miembros, el líder debe revisar si está sirviendo con veracidad. En la Iglesia Primitiva el énfasis no estaba en “quién da más” o “quién recibe mayor reconocimiento”, sino en “cómo suplir las necesidades de los demás y consolarlos mutuamente”.
Aunque la historia de Ananías y Safira parezca una mancha oscura en medio del momento más espléndido de la Iglesia Primitiva, en realidad subraya la santidad y la pureza que esa comunidad poseía. Cuando la Iglesia se somete al Espíritu Santo, no consiente ninguna mentira; por el contrario, defiende la verdad y la santidad. El pastor David Jang insiste en que la Iglesia contemporánea necesita tomarse muy en serio esta lección.
Hoy día continúan surgiendo diversos problemas en el seno eclesial. Cuando la prensa expone casos de corrupción financiera, peleas internas o luchas de poder, la sociedad se siente decepcionada y critica a la Iglesia. Frente a tal realidad, la Iglesia Primitiva nos enseña la importancia de “cambiar la perspectiva acerca de la propiedad” y de promover la “honestidad y la transparencia”. No basta con soluciones externas o manuales de conducta; se requiere un cambio de corazón por la obra del Espíritu Santo. El pastor David Jang indica que “al descender el Espíritu, el ser humano se transforma desde lo más profundo de su ser, y a partir de ese momento la Iglesia abandona el individualismo y existe para el bien de los demás”. Sin esa transformación interior, resulta muy difícil que la Iglesia sea realmente Iglesia.
En todas las épocas, allí donde la Iglesia se coloca bajo el señorío de Dios, se repite una característica: los creyentes se unen de corazón y alma, se aman entre sí y comparten libremente lo que poseen. Aunque la ambición humana no se quiebra con facilidad, al actuar el Espíritu Santo es posible derrotarla y, en su lugar, servir con humildad a los hermanos. En ese instante, la Iglesia deja de ser un mero espacio de culto y ceremonias para convertirse en el lugar donde el reino de Dios se hace palpable.
En definitiva, el pastor David Jang afirma que la “fe en la resurrección”, la “plenitud del Espíritu Santo” y el “vaciamiento y entrega de las posesiones”, que distinguieron a la Iglesia Primitiva, son aspectos que siguen siendo imprescindibles en la actualidad. Todos los creyentes sostenemos la esperanza de la resurrección; vivimos en la era del Espíritu Santo, en la que esa resurrección ya ha comenzado. Por consiguiente, deberíamos reconocer que no sólo nuestra vida, sino también nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestras capacidades y nuestra salud pertenecen a Dios, y destinarlos a glorificarlo. Cuando la Iglesia recupera la “honestidad y la sinceridad” y sirve a Dios con “temor reverente” —al modo de la Iglesia Primitiva—, podremos creer que los milagros y prodigios descritos en Hechos pueden reproducirse en nuestros días. Según el pastor Jang, esa es la tarea más urgente e importante que afrontamos.
A fin de cuentas, en la Iglesia Primitiva los milagros y las señales no se limitaban a ser meras manifestaciones externas. Estos servían a un propósito superior: atestiguar la regeneración del corazón y de la vida de las personas. El “mayor prodigio” se reflejaba en que los creyentes, transformados por el poder del Espíritu, constituían una comunidad amorosa que compartía sus posesiones. También nosotros, si anhelamos la presencia fuerte del Espíritu Santo, debemos asirnos a la fe en la resurrección y someternos por completo al señorío de Dios. Sólo así experimentaremos el gozo y la libertad que nos permiten desprendernos de las posesiones y edificar la Iglesia. El pastor David Jang repite que el mensaje esencial de la Iglesia Primitiva no es un vestigio del pasado ni un ideal inalcanzable, sino una promesa vigente para los creyentes de hoy. Puesto que Dios sigue obrando en la Iglesia, nos corresponde responder con sinceridad a su llamado.
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