
1. La verdad y la autoridad que se revelan en el interrogatorio de Pilato
La escena en la que Jesús comparece ante Pilato para ser interrogado se describe de manera concreta en el Evangelio de Juan, desde la segunda mitad del capítulo 18 hasta el inicio del capítulo 19. Este pasaje se ubica en la parte final de la vida pública de Jesús, justo antes de su crucifixión, y constituye un acontecimiento de gran relevancia tanto en el plano dramático como en el teológico. El texto muestra a Jesús, después de haber sido apresado y sometido al juicio religioso de los sumos sacerdotes y los líderes judíos, presentándose ante el gobernador romano, Pilato. Especialmente en el proceso de interrogatorio de Pilato, las palabras y la actitud de Jesús, así como la reacción de Pilato, revelan de manera contundente qué es la verdad. Al mismo tiempo, este episodio deja al descubierto el pecado de los sumos sacerdotes y líderes religiosos judíos, así como la perversa psicología colectiva de la multitud que exigía la muerte de Jesús.
Cuando Jesús compareció ante Pilato, ya había sido detenido por los líderes religiosos y sometido a un interrogatorio nocturno. Finalmente, se le acusó de blasfemia por proclamarse “Hijo de Dios”. Sin embargo, los judíos no podían ejecutar la pena de muerte con base únicamente en sus propias leyes o costumbres religiosas (Jn 18:31), de modo que llevaron a Jesús ante el gobernador romano Pilato con el fin de obtener una condena a muerte. Puesto que Pilato ejercía el poder delegado por el Imperio romano para gobernar Jerusalén y sus alrededores, se requería su autorización para llevar a cabo una ejecución en territorio judío.
En ese contexto, la primera pregunta de Pilato al encontrarse con Jesús fue: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Jn 18:33). Esto se debía a que los líderes judíos habían transformado la acusación religiosa de Jesús —autoproclamarse Hijo de Dios— en una acusación política de sedición, alegando que Jesús se declaraba “Rey de los judíos” en oposición a Roma. Sin embargo, la respuesta de Jesús deja claro que Él no es un rey terrenal ni ostenta un poder político de esta época. Jesús afirma rotundamente: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36), enfatizando que no busca un trono dentro de la estructura política romana o dentro del sistema político que los judíos imaginaban, ni tampoco ejercer su dominio por la fuerza. Para Pilato, esta aclaración resultaba de suma importancia. Como gobernador romano, él estaba particularmente alerta ante la posibilidad de que surgiera algún rebelde con intenciones de amenazar la estabilidad del Imperio. Pero Jesús deja en claro que Su Reino no se inscribe en el ámbito político o en el poder secular donde operaba Pilato.
Las palabras de Jesús adquieren un sentido profundo en dos dimensiones. En primer lugar, el Reino de Jesús es el Reino eterno de Dios, un reino donde se cumple el gobierno de la verdad y del amor. No se basa en fuerzas militares ni estructuras políticas de este mundo, sino que libera al ser humano del poder del pecado y de la muerte, ofreciendo salvación y vida eterna. En segundo lugar, Jesús previó la posibilidad de que Pilato, anclado en la idea de “Rey de los judíos”, lo calificara como un rebelde. Por eso, le explica que, si realmente tuviera seguidores dispuestos a combatir contra el Imperio romano, ya habrían luchado para impedir Su entrega a los judíos (Jn 18:36). Con esta afirmación, Jesús deja claro que Su Reino es esencialmente distinto de los reinos terrenales, que se consolidan y se expanden mediante la violencia, y subraya que no guarda relación alguna con la imagen de un rebelde político.
Ante esta explicación, Pilato vuelve a insistir: “¿Luego, tú eres rey?” (Jn 18:37). Con esta pregunta, Pilato indaga si Jesús realmente se considera poseedor de un poder real. Tal vez Pilato no comprendía a cabalidad en qué consistía ese “otro reino” al que Jesús aludía, pero al escucharlo debió captar que ante él no se hallaba un simple delincuente político, sino alguien que poseía un tipo de autoridad y de verdad completamente distinto. La respuesta de Jesús es contundente: “Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Jn 18:37). Así, Jesús se proclama a sí mismo como la Verdad y señala que Su propósito al venir al mundo es testificar de ella; además, destaca que solo aquellos “que son de la verdad” pueden escuchar Su voz.
La declaración “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” encierra un principio teológico y espiritual esencial. No importa cuánta educación haya recibido una persona, ni su posición religiosa o su poder político; si no conoce la verdad, no podrá entender la voz de Jesús. Por otro lado, cualquiera que reciba con humildad la iluminación del Espíritu Santo y busque la verdad, sea el gobernador romano o sea un habitante de la periferia de Galilea, podrá reconocer en las palabras de Jesús la “verdad de un Rey”. Pero, según el relato de Juan, Pilato respondió: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18:38), y no esperó una respuesta por parte de Jesús. Este detalle deja entrever que Pilato no estaba genuinamente interesado en la verdad, o que simplemente no tenía tiempo ni disposición para buscarla, característico de un político preocupado más por la conveniencia inmediata que por la veracidad profunda.
Enseguida, Pilato declara en dos ocasiones ante la multitud judía: “Yo no hallo en él ningún delito” (Jn 18:38). Desde su perspectiva, no existía motivo para sentenciar a Jesús a la pena capital. Además, es probable que, al escuchar de primera mano las palabras de Jesús, Pilato intuyera algo de la dignidad y pureza de su persona. El hecho mismo de proclamar públicamente que no encontraba culpa alguna en Jesús refleja esa impresión. Pero los líderes religiosos y la muchedumbre judía seguían exigiendo con insistencia la ejecución de Jesús y pidieron en su lugar la liberación de Barrabás, un criminal infame (Jn 18:40). Barrabás era ladrón, agitador de motines y asesino (Mc 15:7; Lc 23:19; Hch 3:14). Para Roma, se trataba sin duda de un reo merecedor de la pena de muerte. No obstante, los líderes religiosos judíos, presionando a Pilato, siguieron atizando a la multitud para que el juicio desembocara en la ejecución de Jesús.
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A pesar de que Pilato deseaba liberar a Jesús por considerarlo inocente, cedió finalmente ante la presión popular y sus cálculos políticos, sobre todo cuando lo amenazaron diciendo: “Si dejas ir a ese, no eres amigo del César” (Jn 19:12). Así que hizo azotar a Jesús, con la esperanza de calmar de alguna manera la furia del pueblo (Jn 19:1). Después, permitió que lo vistieran con un manto púrpura y le colocaran en la cabeza una corona tejida de espinas, para mofarse de Él (Jn 19:2–3). Tal vez Pilato pensaba que, tras esta burla y vejación, la multitud se daría por satisfecha y le permitiría exonerar a Jesús. Pero aquello solo encendió más la rabia popular que clamaba: “¡Crucifícalo!”.
Así, el interrogatorio de Pilato, por un lado, muestra que incluso un gobernante terrenal reconoció la inocencia de Jesús; y, por otro lado, pone en evidencia la paradoja de que, siendo Jesús inocente, acaba siendo condenado a muerte debido a la maldad, la hipocresía religiosa y la conveniencia política de los hombres. Aun cuando Pilato proclamó tres veces “No hallo en él ningún delito” (Jn 18:38; 19:4; 19:6), terminó por entregarlo a la crucifixión. Juan aprovecha este momento para mostrar que, si bien Jesús murió injustamente, ese sufrimiento formaba parte del plan divino de redención.
Las ideas centrales que emergen de esta escena del Evangelio de Juan son, en primer lugar, la absoluta inocencia de Jesús. Queda demostrado de manera histórica que ni siquiera el gobernador romano encontró en Él culpa alguna. En segundo lugar, se deja claro que Jesús no era un rebelde político ni un rey de este mundo, sino el Rey de la verdad y el Gobernante del Reino de Dios. La frase “Mi reino no es de este mundo” es una referencia clave para la identidad del creyente, al mostrar que su pertenencia espiritual no se funda en lo meramente terrenal. En tercer lugar, surge la paradoja de que la Verdad es rechazada por un poder religioso falso y un pacto político interesado. Los líderes religiosos judíos proclamaban adorar a Dios y esperar al Mesías, pero cuando el Mesías se presentó, lo rechazaron para salvaguardar su estatus y poder, participando en la condena del Hijo de Dios. Así, este pasaje ilustra que, cuando la Verdad se hace presente, la falsedad y la hipocresía quedan expuestas y terminan siendo juzgadas.
El pastor David Jang, al reflexionar sobre la figura de Jesús delante de Pilato, enfatiza que es imprescindible meditar profundamente sobre la orientación y la actitud que debe tomar nuestra fe cristiana. En especial, a la luz de las palabras de Jesús —“He venido al mundo para dar testimonio de la verdad”—, señala la importancia de reflexionar sobre la postura que adopta la iglesia de hoy ante las autoridades terrenales. El pastor David Jang suele hablar del concepto de “la autoridad real de la verdad de Jesús”, no con la intención de enfrentar o contraponerse a los poderes del mundo, sino con la intención de reconocer la condición de Jesús como “Rey que da vida” a una humanidad corrompida por el pecado, la muerte y el engaño. Quienes no pertenecen a la verdad no pueden escuchar la voz de Jesús y, por ende, acaban sometiéndose o aprovechándose del poder mundano para satisfacer sus propias ambiciones. En cambio, quienes sí pertenecen a la verdad, es decir, aquellos que reconocen a Jesús como Rey, deben imitar la actitud de Cristo, quien “siendo Su Reino diferente al de este mundo, se encarnó en él para proclamar la verdad”.
Así, el interrogatorio ante Pilato condensa tanto la inocencia de Jesús como el proceso mediante el cual, a pesar de todo, Él aceptó el sufrimiento y se encaminó hacia la cruz para cumplir la redención. Al meditar en este pasaje, los cristianos advertimos que la verdad enseñada por Jesús —amor, perdón y certeza del Reino de Dios— es de un orden completamente distinto al de los poderosos y líderes religiosos de este mundo. Del mismo modo que el mundo no reconoció a Jesús, hoy día muchos tampoco quieren oír la verdadera voz del Evangelio e incluso lo rechazan. Aun así, Jesús se mantuvo firme proclamando la verdad hasta la muerte en la cruz. Aquella aparente locura divina fue, en realidad, el camino para la salvación de la humanidad. Por eso, la silenciosa y majestuosa actitud de Jesús ante Pilato encierra también el germen de la victoria que se vería probada con la resurrección.
En consecuencia, el interrogatorio de Pilato muestra cómo el camino del cristiano se distingue del poder terrenal. Normalmente, la autoridad del mundo se erige y perpetúa por la fuerza, la coacción, la maniobra política, el poderío militar o el económico, como lo ilustra el Imperio romano en tiempos de Jesús. Pero el “Reino de Dios” que manifiesta Jesús aparenta ser débil y fracasar, llegando incluso a la ignominia de la cruz, si bien allí se revela la fuerza del poder de la resurrección y de la vida eterna. Y eso es precisamente lo que Juan destaca como la “autoridad real de la verdad” de Jesús.
2. La tensión entre los poderes del mundo y el Reino de Dios
La afirmación de Jesús: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36) ha suscitado a lo largo de la historia múltiples interpretaciones y debates. En ciertas épocas, se utilizó este pasaje para justificar una separación radical entre la Iglesia y el mundo. En otras, algunos interpretaron que transformar políticamente las estructuras de la sociedad equivale a la expansión del Reino de Dios y abogaron por la participación activa en política y economía. Sin embargo, en el contexto de este relato, la frase “Mi reino no es de este mundo” significa que Jesús se presenta como un rey que trasciende los intereses políticos de Pilato y las concepciones religiosas de los líderes judíos. Los objetivos y métodos de Jesús se fundamentan en una verdad que el mundo no puede comprender ni imitar. Los poderes de este mundo suelen instrumentalizar la religión y la verdad para beneficio propio, mientras que Jesús declara: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”, subrayando que esta verdad no se relaciona con la posición social o la influencia de una persona.
La tensión entre la verdad y el poder terrenal se muestra en todo el Evangelio. Jesús, durante su ministerio, se enfrentó continuamente a la autoridad religiosa y, al final, pasó por el juicio del poder secular representado en Pilato, que lo condenó a morir crucificado. No obstante, de forma paradójica, Pilato —quien lo sentenció— confiesa hasta en tres ocasiones que no hallaba falta alguna en Él. Así se demuestra que, aun en el tribunal de un gobernador romano, la pureza y la inocencia de Jesús se hacen evidentes. Aun así, Jesús no se defendió mediante maniobras políticas o el uso de la violencia, sino que permaneció en silencio, soportando el azote y la burla. De esta forma, se destaca la naturaleza totalmente distinta del reinado de Jesús, que no persigue imponer su poder con estrategias mundanas.
¿Por qué los líderes judíos y la multitud insistieron tanto en matar a Jesús? Porque Él desenmascaró su hipocresía y su abuso de poder, así como las estructuras opresoras del templo. Ante los ojos de esos dirigentes, Jesús era una amenaza para su estatus y su autoridad religiosa. Resolvieron entonces recurrir a la calumnia —“Él se rebela contra Roma”— y a la presión multitudinaria ante Pilato para forzar una sentencia de crucifixión. Aparentemente, decían servir a Dios con celo, pero rechazaban al verdadero Mesías y obraban en contra de Él. Todo esto confirma lo que Jesús había anunciado: que ellos no pertenecían a la verdad y, por ende, no podían reconocerla. Pilato, aun preguntándose “¿Qué es la verdad?”, tenía ante sí a la Verdad encarnada, pero no la supo —o no la quiso— identificar. Por su parte, Jesús asumió, por encima de toda la maldad humana, el plan salvador del Padre, dirigiéndose libremente a la cruz.
Esta escena ha generado debates en torno a la responsabilidad última de la muerte de Jesús, discutiendo la culpa de Pilato y de los líderes judíos. Pero los Evangelios muestran que la muerte de Jesús no fue el resultado de una conspiración meramente humana, sino parte del plan de redención para expiar los pecados de la humanidad. Jesús, aun siendo inocente, murió para cargar con la culpa de los pecadores y abrirles un camino de salvación. Pilato y los líderes judíos se convirtieron en instrumentos de ese plan, sin que ello signifique que queden exentos de culpabilidad. En realidad, todos los seres humanos compartimos el mismo pecado que crucificó a Jesús: nuestros propios intereses, temores y maldad contribuyen a rechazar a Dios.
El pastor David Jang enfatiza la importancia de aplicar las reflexiones que surgen de la confrontación entre Jesús y Pilato a la vida de la Iglesia y de los creyentes de hoy. Según su enseñanza, Jesús sigue “dando testimonio de la verdad”, pero la cuestión es si la Iglesia y los cristianos se alinean con esa verdad o si, por el contrario, se acomodan a los poderes terrenales y la ignoran. Existe el riesgo de que en la Iglesia se repitan actitudes similares a las de los líderes judíos, quienes rechazaron a Jesús para proteger sus privilegios y su comodidad, aunque presumían de religión. Cuando los intereses materiales, el prestigio institucional o el deseo de conservar el poder eclesiástico eclipsan la esencia del Evangelio, se acaba rechazando la verdad de la cruz, a la vez que se mantiene una apariencia de religiosidad. El pastor David Jang advierte a la Iglesia sobre este peligro y recalca que “la autoridad de la verdad de Jesús” no es para derrocar violentamente al mundo, sino para amar, servir y salvar a los pecadores sumidos en las tinieblas.
La elección de liberar a Barrabás en lugar de a Jesús también dice mucho sobre la sociedad. En ocasiones, los grupos multitudinarios se sienten atraídos por figuras que prometen cambios bruscos y violentos, pues esas acciones radicales pueden despertar un sentimiento de venganza o de “justicia” distorsionada. Barrabás, como agitador de revueltas y asesino, podía prometer una sublevación contra Roma, algo que a muchos les parecía más “práctico” para saciar su enojo. Pero Jesús no transforma el mundo por la fuerza de las armas. El Reino del que Él es Rey consiste en el gobierno del Padre que llega mediante el poder del Espíritu Santo. En la cruz, la imagen de Jesús parece derrotada y humillada; sin embargo, con la resurrección se revela el Rey que triunfa sobre la muerte. Quienes permanecen en Jesús están llamados a transitar un camino distinto al de la mayoría. El pastor David Jang, al mencionar constantemente este tema, hace referencia a las palabras del apóstol Pablo: “Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo” (Ef 6:12). El Reino de Dios no se establece mediante rivalidades políticas o conquistas militares, sino mediante el poder del Espíritu y la práctica del amor y la verdad.
Ahora bien, “Mi reino no es de este mundo” no significa que los cristianos deban aislarse por completo de la sociedad. En otros pasajes de Juan, Jesús ora por Sus discípulos diciendo: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17:15). Esto expresa que debemos vivir en el mundo, pero sin contaminarnos con los valores de este. Asimismo, declara: “Como me envió el Padre, así también yo os envío a vosotros” (Jn 20:21). Es decir, los creyentes, como ciudadanos del Reino de Dios, somos enviados al mundo para anunciar el Evangelio y difundir la luz de la verdad. El pastor David Jang insiste en que si los discípulos de Jesús se refugiaran en una burbuja apartada de la sociedad, la obra de la cruz quedaría desvirtuada. Debemos vivir en santidad y separados del mal, pero a la vez hemos de cumplir la misión de proclamar la verdad y el amor divino en medio de la sociedad.
No obstante, reconocer y aferrarse a la verdad puede resultar muy difícil, pese a que parezca algo obvio para la Iglesia. Los dirigentes judíos se jactaban de cumplir la Ley de Dios y de esperar al Mesías, pero no lo reconocieron al tenerlo frente a sus ojos. Es más, lo atacaron, lo calumniaron y lo condenaron. Porque la verdad que Jesús proclamaba sacaba a la luz su hipocresía y su corrupción. Lo mismo puede ocurrir hoy. Cuando la Iglesia se instala en un simple ritualismo, se deja seducir por las ventajas mundanas y no vive conforme al Evangelio de la cruz, corre el riesgo de volverse insensible a la voz de Jesús. Entonces, repetiremos la postura de Pilato, preguntando “¿Qué es la verdad?” y pasando por alto que la Verdad está frente a nosotros.
Por ello, el pastor David Jang hace un llamado a la Iglesia a examinarse continuamente y regresar a la esencia del Evangelio. El interrogatorio de Jesús ante Pilato nos confronta con la pregunta: “¿A qué rey pertenecemos?”. Si nos dejamos llevar por la influencia, la fama, la ambición económica o la comodidad, podemos terminar ignorando la voz del verdadero Rey. ¿Comprendemos de veras el modo en que Jesús ejerce Su reinado aquí en la tierra? El pastor David Jang subraya que el centro de la verdad está en la cruz, manifestando amor y obediencia. El Reino se expande no por maniobras o fuerza, sino a través del sacrificio voluntario, del servicio y de la obra del Espíritu Santo. En esto radica la diferencia fundamental con quienes, como Barrabás, pretendían derrocar el orden establecido mediante la violencia.
En el presente, para un cristiano, imitar a Jesús ante el tribunal de Pilato implica la disposición a sufrir el menosprecio, la burla e incluso acusaciones falsas. Significa, además, permanecer fiel a la voluntad del Padre y a la verdad y el amor, tal como hizo Jesús. Cuando los poderes de este mundo pregunten “¿Cuál es vuestro reino?” o “¿Quién es vuestro Rey?”, el creyente deberá responder con valentía y claridad: “Mi reino no es de este mundo. Reconozco a Jesucristo como el Rey de la Verdad”. Y esta confesión no debe quedarse en palabras; debe reflejarse en una vida marcada por la humildad, la mansedumbre, el amor y el sacrificio, tal como lo enseñó Jesús.
El pastor David Jang también destaca el aspecto sustitutivo de la pasión de Jesús en el interrogatorio de Pilato. Jesús fue declarado inocente hasta por el propio Pilato, nunca cometió pecado. Sin embargo, murió en la cruz para que nosotros, culpables ante Dios, fuésemos liberados de la condena. Si Jesús hubiera sido culpable de algo, la cruz no tendría un carácter expiatorio. Pero al ser totalmente inocente y aun así recibir la sentencia de muerte, cargó con nuestro pecado para otorgarnos salvación. Esta realidad demuestra el amor extraordinario de Dios y la entrega absoluta de Cristo encarnado. David Jang explica con frecuencia que “Jesús compareció ante el tribunal terrenal en lugar nuestro, para que nosotros no fuéramos juzgados por el pecado”. Ser cristiano significa creer y acoger ese amor, y vivir de la misma manera: sirviendo y amando, en obediencia al Padre.
Quizá hoy no enfrentemos un interrogatorio político como el de Pilato, pero a diario nos vemos expuestos a presiones y tentaciones que nos incitan a apartarnos de la verdad para buscar beneficio propio. En nuestros trabajos, escuelas o situaciones cotidianas, se nos invita a falsificar, corromper o pisotear al más débil para avanzar. Allí es donde el cristiano debe rechazar las prácticas del mundo y optar por la verdad de Jesús, aun si eso trae desprecio o sufrimiento. Seguir el camino de la cruz no es sencillo, pero al final está la victoria de la resurrección y la participación en la gloria del Reino de Dios. El pastor David Jang subraya: “Si el mundo grita que Jesús no es Rey y que la verdad no existe, perseverar en la verdad conllevará un costo. Pero en esa senda de fe, participaremos en la vida eterna y en el triunfo de Cristo resucitado”.
Además, debemos reconocer que los comportamientos de Pilato y los líderes religiosos podrían reproducirse dentro de la propia Iglesia. Es posible que una comunidad eclesial se concentre en servicios espectaculares, proyectos ostentosos o en crecer numéricamente, descuidando la verdad y el amor. Entonces, aunque en lo externo repita “Señor, Señor” (Mt 7:21), en la práctica puede estar crucificando de nuevo a Jesús. Eso es algo verdaderamente grave. Pilato oyó que Jesús venía “a dar testimonio de la verdad” y, pese a tener la intención de liberarlo, sucumbió a los gritos del populacho y a sus cálculos políticos, sellando el destino de Jesús. Los líderes judíos se jactaban de cumplir con meticulosidad la Ley, pero ignoraron el auténtico corazón de Dios revelado por Jesús.
Esta historia explica cómo funciona la injusticia del poder en el mundo, cómo se rechaza la verdad y cómo la hipocresía religiosa puede aliarse con el poder para crucificar al justo. A la vez, muestra la manera en que Jesús encarna plenamente la verdad y el amor, abrazando la cruz para llevar a cabo la salvación. El pastor David Jang sostiene que debemos tener presente que “cada día comparecemos, en cierto sentido, ante la pregunta de Pilato”. “¿Qué es la verdad?”, “¿A cuál rey perteneces?”. El cristiano debe responder: “Pertenezco a la verdad; escucho y sigo la voz de Jesús, quien es mi Rey”. Y esa respuesta debe manifestarse en la práctica diaria, tanto en la iglesia como en la sociedad, mediante acciones concretas de amor y obediencia a la verdad.
Al contemplar el interrogatorio de Pilato, somos testigos de la inocencia de Jesús y de su realeza cimentada en la verdad. Observamos, asimismo, cómo los líderes judíos y Pilato, empujados por el engaño, el temor y la codicia, lo llevan a la cruz. Sin embargo, constatamos que la cruz era el medio divino para nuestra redención. Jesús muere crucificado, mas al resucitar vence la muerte y establece el Reino eterno de Dios, revelando que Él es el Rey verdadero. Aquellos que lo reconocen como Rey se adentran en la verdad que Pilato no pudo comprender, y participan de la vida que vence al pecado y a la muerte.
Para el creyente, este pasaje de Juan subraya la identidad de “estar en el mundo sin ser del mundo”. El pastor David Jang reitera que Cristo sigue dando testimonio de la verdad, pero muchos todavía preguntan “¿Qué es la verdad?” sin acercarse al Jesús que tienen frente a ellos. Y, lamentablemente, a veces la Iglesia se alía con el poder terrenal y rechaza a Jesús, tal como hicieron los antiguos líderes judíos. Por lo tanto, debemos caminar cada día en la Palabra y en el Espíritu, testificando con firmeza: “Mi reino no es de este mundo”. Esto no implica huir del mundo, sino ejercer la ciudadanía del cielo sin dejarnos doblegar por sus valores. Al contrario, estamos llamados a iluminar al mundo con el Evangelio, fomentando una verdadera transformación.
Finalmente, el interrogatorio ante Pilato constituye el momento en que Jesús mismo declara que es el Rey de la Verdad, mientras Pilato y los líderes judíos rechazan esa verdad, quedando al descubierto su propio pecado. Y, sin embargo, esa cruz, que representa el rechazo y la muerte de Jesús, fue el instrumento divino para concretar el plan de salvación. Hoy, gracias a la muerte y resurrección de Cristo, comprendemos que solo aquellos que le pertenecen a Él, la Verdad, pueden hallar la libertad y la vida. Por tanto, aferrémonos a las palabras de Jesús: “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”, y, tal como insta el pastor David Jang, proclamemos con nuestra vida que Jesús es el Rey. Sigamos Su ejemplo de mansedumbre y obediencia para proclamar el Evangelio en medio de este mundo. De esa manera, ayudaremos a que muchos dejen de preguntarse en vano “¿Qué es la verdad?”, y descubran finalmente que la Verdad es Jesucristo. Esa es la poderosa enseñanza y el desafío que recibimos hoy al contemplar este pasaje del